Alba Blanco

Prácticamente un día como hoy, el 9 de enero del año 1998, murió en la pobreza más absoluta el que fue, sin duda, uno de los padres del cine que conocemos actualmente: Emile Reynaud.

Los innumerables artículos sobre ilusiones ópticas que leía en la “La nature”, impulsaron a este incansable y autodidacta hijo de un relojero y una artista y discípula de pintores, a crear el que sería el primer modelo de su Praxinoscopio. Reynaud consiguió sustituir el hasta entonces usado obturador, que producía una gran pérdida de luz en las proyecciones, por un tambor de aspecto poligonal.

Tras mucho tiempo de intenso trabajo, en el año 1879, dio un gran paso hacia la historia del cine e incorporo imágenes vivas en un proscenio, de tal modo que estas se iban superponiendo sobre escenas en miniatura.

No obstante, como todo en la historia, los cambios siempre suman y restan para unos y otros. Con la aparición del cinematógrafo de los conocidos hermanos Lumiére, Reynaud fue perdiendo importancia y acabó por quemar y tirar al Sena una gran parte del trabajo que había realizado. Horas y horas invertidas en un sueño y en un proyecto. Miles y miles de bocetos y dibujos exquisitos que él mismo había confeccionado con tesón y esfuerzo.

Sueños y esfuerzos que terminaron a formar parte de la nada pero que, sin duda, fueron todo un regalo para los amantes del cine y todos los sucesores y creadores que le prosiguieron.

Nunca se sabe dónde o cuándo podría comenzar algo. Mi inmenso agradecimiento a este mago de los sueños. Gracias por mantener la curiosidad y la pasión por el descubrimiento. Ese pequeño objeto, nos abrió a las puertas a un mundo de historias maravilloso.

De corazón. Como todo lo que lleva un poco de cine.