‘La otra madre’: cuando la prisa sofoca el misterio

Savage nos presenta un consumo rápido y efectivo, pero sin el ingenio claustrofóbico de sus inicios

El director británico Rob Savage saltó a la fama mundial tras el éxito de Host (2020). Aquella pequeña joya de terror rodada durante el confinamiento a través de Zoom que demostraba cómo el ingenio y la escasez de medios podían generar una atmósfera de pesadilla pura. Sin embargo, su trayectoria posterior dentro del cine de estudio ha seguido una parábola ascendente en presupuesto pero decreciente en sutileza. En ‘La otra madre’ (‘Other Mommy’), Savage se adentra en las grietas de la institución familiar y la maternidad traumática, aunque esta vez lo hace entregándose a un despliegue constante de efectos digitales y una batería inagotable de sobresaltos directos que terminan por agotar la paciencia del espectador.

La premisa argumental no tarda en mostrar sus cartas. La historia sigue al matrimonio formado por Ursula y Russ (interpretados por Jessica Chastain y Jay Duplass) junto a su joven hija, Arabella Olivia Clark. En un intento de recomponer sus fracturadas dinámicas familiares, la pequeña comienza a interactuar con lo que inicialmente parece ser una figura imaginaria pacífica: una versión idéntica de su madre, pero dotada de un comportamiento siniestro, manipulador y progresivamente violento.

Un arranque sin preámbulos y la trampa del susto fácil

Uno de los aspectos más comentados de la película es su decisión de saltarse el desarrollo pausado habitual en este tipo de producciones de terror sobrenatural. La película arranca con el elemento amenazante ya instalado en la rutina del hogar, una elección narrativa que agiliza el ritmo inicial pero que priva a la historia de un primer acto sólido. Al no construir primero la normalidad de los personajes ni profundizar en los conflictos matrimoniales de fondo, los sustos pirotécnicos que se suceden sin tregua pierden parte de su impacto dramático.

El propio director ha presumido durante la promoción de haber acumulado decenas de sobresaltos a lo largo de sus noventa minutos de duración. Esta fijación por mantener al público en un sobresalto permanente acaba jugando en contra del conjunto. El miedo cinematográfico más efectivo suele necesitar valles de silencio y tensión sofocante para que la catarsis funcione; al optar por un bombardeo sonoro y visual ininterrumpido, la cinta se vuelve predecible y desgasta la capacidad de sorpresa del patio de butacas.

Jessica Chastain ante el reto del doble papel

El gran reclamo del proyecto recae sin duda en el trabajo interpretativo de Jessica Chastain. La actriz asume la doble tarea de encarnar a la madre abrumada e insegura que intenta proteger a su familia y, al mismo tiempo, a esa entidad demoníaca que suplanta su aspecto físico y su voz. Chastain aporta contención e intensidad en los momentos donde la cámara le permite actuar, mostrando detalles de escalofrío contenido cuando la impostora imita torpemente los ademanes de la protagonista.

Lamentablemente, el guión no acompaña ese esfuerzo interpretativo. Conforme avanza el metraje, la amenaza pierde su inquietante ambigüedad psicológica para transformarse en una criatura digital alargada que se desplaza de manera grotesca por los pasillos. El abuso del CGI en el tramo central diluye la interpretación de la actriz y convierte lo que podría haber sido un perturbador estudio sobre el miedo a la suplantación en un espectáculo de efectos informáticos que resta credibilidad al desenlace.

Entretenimiento eficaz para iniciados, decepción para la crítica

Pese a sus notorias fisuras estructurales y a la falta de originalidad de su mitología, sería injusto negar que ‘La otra madre’ posee empaque técnico. La fotografía utiliza con acierto el contraste entre tonos saturados y sombras densas para enfatizar la distorsión del entorno doméstico. Asimismo, la química entre Chastain y Jay Duplass aporta cierta calidez a los pasajes más dramáticos, haciendo que el espectador empatice con el empeño desesperado de esos padres por mantenerse unidos.

En definitiva, la película funciona como un producto de consumo rápido diseñado para complacer al espectador que busca emociones fuertes y sobresaltos continuos en la gran pantalla. No obstante, para quienes esperaban que Rob Savage madurara el discurso sobre el aislamiento que insinuó en sus inicios, la película se queda en una colección vistosa de clichés del género que prioriza el estruendo sobre la atmósfera. Una obra que se deja ver con agrado en el momento, pero que se evapora de la memoria nada más cruzar la puerta de salida.

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