Una historia que utiliza el terror para preguntarse qué ocurre cuando no dejamos espacio al dolor
Hay algo extraño en los lugares donde todo parece funcionar demasiado bien. Personas amables, calles tranquilas, vecinos que sonríen constantemente y una sensación de calma tan perfecta que acaba resultando incómoda. Paolo Strippoli parte precisamente de esa idea en La valle dei sorrisi, una película que utiliza el terror para hablar de algo mucho más cotidiano: nuestra relación con el dolor y la obsesión por eliminar cualquier forma de sufrimiento.
Después de A Classic Horror Story y Piove, Strippoli vuelve a acercarse al género, aunque aquí lo hace de una forma algo distinta. Más que construir una película basada en sobresaltos o en la aparición constante de amenazas visibles, el director opta por una tensión más silenciosa. La valle dei sorrisi funciona como un relato que va revelando poco a poco aquello que esconde bajo la superficie, utilizando el misterio como una forma de acercarse a cuestiones bastante más humanas.
La historia se desarrolla en Remis, un pequeño pueblo aislado entre montañas donde todos sus habitantes parecen felices. No felices de una forma normal, sino con esa clase de tranquilidad permanente que termina generando desconfianza. Allí llega Sergio Rossetti, interpretado por Michele Riondino, un profesor de educación física marcado por un pasado complicado que intenta empezar una nueva etapa en un entorno aparentemente perfecto. Sin embargo, esa imagen empieza a agrietarse cuando descubre que detrás de la serenidad colectiva existe un ritual alrededor de Matteo, un adolescente que posee la capacidad de absorber el dolor de quienes le rodean. Lo que inicialmente parece un extraño gesto comunitario termina revelando algo mucho más oscuro.
Lo interesante es que Strippoli no parece demasiado interesado en convertir a Matteo en una simple figura sobrenatural. El personaje funciona casi como una representación física de algo que atraviesa toda la película: la necesidad desesperada de encontrar una forma rápida de escapar del sufrimiento. La propuesta plantea una pregunta incómoda: si alguien pudiera eliminar nuestros traumas, nuestras pérdidas o nuestros recuerdos más dolorosos, ¿realmente aceptaríamos vivir sin ellos?
La película gira constantemente alrededor de esa idea
En los últimos años se ha vuelto habitual encontrar discursos que convierten la felicidad permanente en una especie de obligación. Redes sociales llenas de imágenes perfectas, mensajes sobre productividad constante o la necesidad de proyectar una vida sin grietas. La valle dei sorrisi juega precisamente con esa idea y la lleva a un terreno mucho más perturbador. En Remis no hay espacio para la tristeza. El dolor debe desaparecer, incluso si el precio para conseguirlo resulta demasiado alto. Algunos análisis de la película relacionan precisamente esta idea con una sociedad que cada vez parece más interesada en ocultar sus heridas que en enfrentarse a ellas.
La película también se mueve entre diferentes territorios sin quedarse únicamente en el horror tradicional. Hay elementos de drama psicológico, una cierta estructura de coming-of-age y una reflexión bastante evidente sobre la identidad. Matteo no solo carga con el sufrimiento colectivo; también soporta el peso de las expectativas que los demás depositan sobre él. La comunidad lo convierte en una especie de figura salvadora y termina reduciéndolo a una función concreta dentro de ese sistema. En algunos análisis incluso se señala cómo el personaje se convierte en una figura casi mesiánica o sacrificial.
A nivel visual, Strippoli aprovecha muy bien los paisajes montañosos y el aislamiento del pueblo. La naturaleza funciona como un espacio extraño, casi suspendido fuera del tiempo. Hay algo que recuerda por momentos a ciertos relatos folk horror, aunque la película evita quedarse encerrada en una única etiqueta. Gran parte de la tensión nace precisamente de esa sensación de que algo no encaja del todo. Pequeños detalles que parecen normales hasta que dejan de serlo. Además, la película evita abusar de mecanismos fáciles y apuesta por una inquietud mucho más progresiva, construida a través de la atmósfera y de la acumulación de preguntas.
Quizá lo más interesante de La valle dei sorrisi es que termina hablando menos sobre el miedo que sobre la forma en la que convivimos con nuestras propias heridas. No plantea el dolor como algo noble o positivo, pero tampoco lo convierte en un elemento que deba eliminarse a cualquier precio. La película parece sugerir que aquello que intentamos ocultar termina encontrando otra forma de volver.
Y quizá esa sea la idea más incómoda que atraviesa toda la historia. Porque detrás de todos esos rostros sonrientes y de esa aparente tranquilidad. La valle dei sorrisi parece preguntar cuánto estamos dispuestos a sacrificar con tal de evitar aquello que nos hace daño. La respuesta, como suele ocurrir en el buen terror, resulta bastante menos tranquilizadora de lo que parece.