Una reflexión sobre identidad, emociones y la dificultad de cambiar después de toda una vida.
El cine ha contado innumerables veces el paso de la adolescencia a la adultez. Jóvenes que descubren quiénes son, que se equivocan, que rompen con las ideas heredadas y que aprenden a mirar el mundo desde otro lugar. Pero pocas veces el cine español se atreve a plantear esa misma transición desde la vejez. Ahí es donde Un hombre de verdad, el primer largometraje de Liteo Pedregal, encuentra su mayor virtud: convertir la crisis existencial de un hombre de 70 años en un auténtico relato de aprendizaje.
La película, que se estrena el 12 de junio, sigue a Guillermo, un neurocirujano acostumbrado a vivir desde el privilegio silencioso que le ha otorgado una educación profundamente machista. Su mujer, María, ha organizado durante décadas cada aspecto cotidiano de su vida hasta el punto de convertirlo en alguien completamente dependiente sin que él mismo sea consciente de ello. Pero la repentina muerte de María rompe esa estructura y obliga a Guillermo a enfrentarse a una pregunta devastadora: quién es realmente cuando deja de existir la mujer que sostenía su mundo.
Lo interesante de la propuesta de Pedregal es que no convierte esta historia en un drama solemne ni en una lección moral evidente. Un hombre de verdad habla de masculinidad, sí, pero sobre todo habla de transformación. De cómo incluso alguien que lleva toda una vida instalado en ciertas dinámicas puede todavía evolucionar. Y en tiempos donde muchas veces se plantea que las personas mayores ya no cambian, la película se atreve a defender exactamente lo contrario.
Un coming of age tardío
Lo más fascinante de Un hombre de verdad es entender que Guillermo atraviesa exactamente el mismo proceso emocional que viven los protagonistas clásicos del género coming of age. Solo que aquí no hay primeros amores ni fiestas universitarias. Lo que hay es duelo, soledad y una identidad masculina completamente resquebrajada.
Guillermo comienza la película siendo un hombre incapaz de ver a las mujeres fuera de los roles que siempre ha conocido. En el hospital ejerce autoridad absoluta; en casa, María organiza cada detalle de su existencia. Él da órdenes. Los demás orbitan a su alrededor. Su profesión como neurocirujano encaja perfectamente con esa personalidad fría y controladora que la película dibuja desde el principio. El problema es que ha trasladado esa forma de relacionarse al ámbito íntimo y familiar.
La muerte de María no solo lo deja emocionalmente devastado. Lo deja completamente perdido. Y ahí comienza realmente la película: cuando Guillermo tiene que aprender a vivir de nuevo. Pedregal construye el personaje como alguien que entra en una especie de adolescencia emocional tardía. Guillermo no sabe cuidar de sí mismo, no sabe escuchar, no sabe comunicarse desde la vulnerabilidad y tampoco entiende cómo relacionarse con mujeres que ya no aceptan ciertos comportamientos naturalizados durante generaciones. Tiene que desaprenderlo todo.
Por eso resulta tan acertado hablar de coming of age. Porque la película no trata únicamente de un hombre mayor afrontando el duelo, sino de alguien que descubre demasiado tarde que nunca había aprendido realmente a vivir emocionalmente.
La deconstrucción masculina como conflicto real
Uno de los grandes aciertos del guion es que no simplifica el proceso de cambio. Guillermo no despierta de repente convertido en “el hombre perfecto”. Su transformación está llena de contradicciones, incomodidad y resistencia.
La película entiende algo muy importante: deconstruirse no significa únicamente cambiar ciertas ideas políticas o aceptar discursos modernos sobre igualdad. Significa renunciar a una identidad construida durante décadas. Y eso produce miedo.
Guillermo ha crecido bajo la idea de que ser hombre implica controlar, proveer, no mostrar debilidad y mantener autoridad sobre los demás. Cuando esas certezas empiezan a desmoronarse, aparece el vértigo. El personaje se siente desplazado en un mundo que ya no funciona según las normas que aprendió. Y ahí la película encuentra algunos de sus momentos más humanos.
Lejos de juzgar constantemente a Guillermo, Pedregal prefiere observarlo. Mostrar cómo alguien educado dentro de un sistema machista puede llegar a convertirse también en víctima de sus propias limitaciones emocionales. La película no excusa sus comportamientos, pero tampoco lo reduce a una caricatura. Y eso es precisamente lo que hace interesante al personaje.
Hay una enorme diferencia entre burlarse de un hombre incapaz de cambiar y mostrar el dolor que implica reconocer que has vivido equivocadamente durante gran parte de tu vida. Un hombre de verdad apuesta claramente por lo segundo.
Las mujeres como motor del cambio
Aunque Guillermo sea el protagonista, la película deja claro desde el principio que su transformación solo es posible gracias a las mujeres que lo rodean. Y no porque estén ahí para salvarlo, sino porque cada una de ellas representa una forma distinta de cuestionar su visión del mundo.
Su hija, interpretada por Olivia Molina, funciona como el espejo más incómodo. Su relación está marcada por años de incomunicación y por un modelo paternal basado más en la autoridad que en el afecto. Guillermo interpreta constantemente la independencia de su hija como un desafío personal, incapaz de aceptar que una mujer pueda tomar decisiones propias sin que eso suponga un ataque a su figura masculina.
La vecina, interpretada por Rosario Pardo, aporta otro enfoque muy interesante. Su personaje rompe completamente con ciertos estereotipos femeninos asociados a la edad. Es una mujer autónoma y emocionalmente libre, alguien que no necesita validación masculina para sentirse completa. Y precisamente por eso descoloca tanto a Guillermo.
Nuevas masculinidades sin caer en el discurso fácil
Muchas películas recientes sobre masculinidad terminan cayendo en discursos demasiado evidentes o pedagógicos. Un hombre de verdad evita en gran parte ese problema porque su reflexión nace desde el personaje y no desde un sermón. Liteo Pedregal plantea una pregunta muy concreta: ¿qué ocurre cuando un hombre educado bajo modelos tradicionales descubre que ya no sabe habitar el presente?
La película no responde desde el cinismo ni desde la condena absoluta. Hay una mirada profundamente humanista sobre Guillermo y sobre otros hombres de su generación que crecieron emocionalmente mutilados por una idea rígida de masculinidad. Hombres que nunca aprendieron a llorar, a pedir ayuda o a expresar fragilidad porque se les enseñó que eso era incompatible con ser “un hombre de verdad”. El propio título juega con esa contradicción. La película desmonta constantemente la idea tradicional de lo masculino para demostrar que quizá la verdadera madurez consiste precisamente en abandonar esa máscara.
Y ahí Carlos Olalla, quien interpreta a Guillermo realiza un trabajo especialmente delicado. Su interpretación evita el exceso y apuesta por una contención constante que hace todavía más visibles las grietas del personaje. Guillermo rara vez verbaliza lo que siente, pero el actor consigue transmitir el miedo, la soledad y la desorientación de alguien que empieza a entender demasiado tarde muchas cosas sobre sí mismo.
Tenerife como espacio emocional
Otro aspecto interesante de la película es el uso de Tenerife como escenario narrativo y no únicamente visual. Pedregal deja claro que no quiere utilizar la isla como un decorado exótico, sino como un espacio real y contemporáneo donde transcurre la historia. La distancia geográfica entre Madrid y Tenerife funciona también como metáfora emocional de la relación entre Guillermo y su hija.
Nunca es tarde para cambiar
Quizá la mayor virtud de Un hombre de verdad sea precisamente esa: recordarnos que nunca se termina de crecer. La película habla de hombres, de mujeres, de feminismo y de nuevas masculinidades, pero en el fondo habla sobre algo mucho más universal: la posibilidad de transformarse incluso cuando creías que ya eras una versión definitiva de ti mismo.
Guillermo inicia la historia convencido de que el mundo debe adaptarse a él. La termina entendiendo que es él quien necesita cambiar para poder seguir viviendo. Y en ese recorrido incómodo, torpe y profundamente humano, Un hombre de verdad encuentra toda su fuerza. Porque pocas cosas resultan tan emocionantes como ver a alguien descubrir, a los 70 años, que todavía puede convertirse en otra persona.