Voluntaria o involuntariamente, el estilo literario que Amaia aplica en sus letras se aproxima, a su manera, al arte naíf y a movimientos literarios como el postismo.

Pavlo Verde

Amaia y lo naíf

El arte naíf es aquel cuyo cauce de expresión es la inocencia y la ingenuidad. Ante todo es un cauce de expresión que pretende superar los cánones académicos volviendo a formas infantiles, brutas o primitivas atravesadas siempre por la sencillez. Aunque se suele aplicar a artistas pictóricos, también se puede hablar de una literatura, en especial de una poesía, naíf. En España esta vivió su momento de esplendor con el postismo, movimiento literario surgido durante el franquismo, que se definió como “el ismo que viene tras todos los ismos”.  Sus máximos exponentes fueron Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo, Juan Eduardo Cirlot o Gloria Fuertes.

Si leemos la poesía de de Ory, el más ilustre postista, encontramos versos como: “Dame algo más que silencio o dulzura,/ algo que tengo y no sepas./ No quiero regalos exquisitos,/dame una piedra”. Aquí no hay elevados juegos conceptuales o lingüísticos, solo una claridad que pretende apelar a los sentimientos desde la ironía y sin grandes filtros. Algo similar ocurre en la poesía de Gloria Fuertes. “Gloria Fuertes nació en Madrid/ a los dos días de edad,/ pues fue muy laborioso el parto de mi madre,/ que si se descuida muere por vivirme”. De nuevo, la transparencia y el humor priman sobre la complejidad conceptual, pero siempre con una intención poética innegable detrás.

Pero no pasa nada: la sorpresa de Amaia

El movimiento postista pasó hace tiempo, no así su legado y sus intenciones, que se pueden rastrear en artistas del presente. Un curioso ejemplo es Amaia Romero, ganadora de Operación Triunfo 2017. Su álbum Pero no pasa nada (2019) puede ser leído como primerizo y excesivamente inmaduro, en especial por sus letras. Después de escucharlo y analizarlo, prefiero pensar que el resultado final, por facilón que pueda resultar, está perfectamente pensado y no carece de intencionalidad. Si Amaia ha hecho un disco así es porque no tenía en mente otra cosa. Pero, ¿qué ha hecho exactamente? Antes que un álbum chabacano o demasiado ligero, me aventuro a decir que Pero no pasa nada es un heredero (indirecto, quizás) del postismo y el arte naíf.

Así lo demuestra un análisis de sus letras. En su tema Nuevo verano dice: “La luna se refleja en mis uñas mordidas”. Esta línea sirve para sintetizar la poética de Amaia. Asimismo, la intención poética de la frase queda cortada por la introducción de un adjetivo que nos devuelve a una realidad no poética: “mordidas”. Esto será una constante en sus letras. La intención y los recursos literarios estarán siempre al servicio de la anécdota y el cauce inocente de emociones.

Prosaísmo y literalidad

Otro elemento clave es el prosaísmo y la literalidad. Rara vez lo que Amaia dice es algo más que lo que dice. Así se manifiesta en Todos estos años: “Por favor, no te olvides de mí, porque te voy a echar de menos”. También en Un día perdido: “Son las 10 de la noche y ya casi es mañana”. Esta ausencia de dobles sentidos viene acompañada de referencias naturales o más industriales. De lo primero es ejemplo la referencia al mar en Cuando estés triste o la presencia del bosque “lleno de cenizas” en El relámpago. Estas apelaciones a la naturaleza sazonan la literalidad general con unas gotas de simbolismo, pero sin llegar a crear imágenes que se aparten de la “normalidad discursiva” de Amaia. Más intrigantes son las referencias “industriales”, tales como el único verso de la misteriosa primera canción del disco, Última vez: “El avión se va a caer. Tú serás mi última vez”. La imagen fluctúa entre lo prosaico y lo simbólico y crea un halo de dudas en torno a sí.

Sencillez y sinceridad

Esto no le resta al conjunto ni un ápice de sencillez. Sin este elemento sería imposible entender el trabajo de Amaia. Su apuesta por la expresión directa de sentimientos e ideas es clara. Sin embargo, no es solo sencillez, sino también sinceridad lo que se trasluce, una sinceridad casi infantil que se vuelve clave en sus canciones. Lo vemos en versos tan precisos como aquel que da título a la canción Porque apareciste: “Te quiero porque apareciste”. También en Nuevo verano: “Me gusta el mundo” o en Un día perdido: “La verdad es que no entiendo por qué me quieres”.

Un leitmotiv: el amor

La temática general es clara: el amor, en concreto un amor juvenil, sin carga erótica explícita y marcado por la búsqueda y la separación. La segunda persona es omnipresente a lo largo de las canciones. Todas ellas funcionan a modo de vocativo, rasgo también muy común en los poetas arriba mencionados. Sin ser un álbum conceptual, la cohesión de las canciones hace que guarden cierta continuidad y tono narrativo. Más que una historia propiamente dicha, cada tema ofrece un hecho anecdótico que se puede encajar en la totalidad de la relación amorosa (real o ficticia) que recorre el álbum.

Amaia Romero: ante todo, artista

El resultado final es un mestizaje de poesía contenida y oralidad, de serenidad y emoción, de literalidad y simbolismos nacientes… No es una obra maestra, pero no quiere serlo y en eso reside el poder de Amaia. Es perfectamente consciente de sus capacidades y también de sus límites y sabía que lo que debía hacer con su álbum debut no era trascender. Por ello precisamente ha logrado un disco equilibrado, realista y sencillo, más parecido a la intrascendente (en el mejor sentido) poesía postista que al pop más habitual o al indie más exclusivo. Con Pero no pasa nada la artista pamplonesa no solo demuestra su talento, sino su humildad y capacidad de autoconocimiento y autolimitación, cualidades que a la larga la ayudarán en su carrera tanto como su buen hacer musical.