Puro teatro y algo más: crítica de Fernando Fernán Gómez, un artista multifacético tras un recorrido censurado, inestable y enjuiciado

María Martínez

Uno de los libros de referencia en el espectáculo es Puro Teatro y algo más de Fernando Fernán Gómez; novelista, actor y director de cine, teatro y televisión. Estas cualidades aparecieron en él desde su hogar. Comprendió desde pequeño el trabajo de su madre, el motivo de no verla todo el tiempo que deseaba y, sobre todo, desarrolló su talento. Es decir, la destreza en los escenarios.

Nacido en Lima, se trasladó a Madrid en compañía de su abuela donde visitaba los quioscos para conocer las mejores obras. Se asentó sobre las tablas gracias al Golpe Nacional, que hizo que todo el mundo tuviera que tener un oficio. Él decidió sacarse el carné de actor. Mientras tanto, pasó sus días en el grupo de teatro del instituto rodeado de gente más adulta. Los diferentes papeles que realizó le llevaron a una lucha mental entre el contraste del teatro y la vida íntima. Todo era cuestionado en su cabeza, pero Jardiel Poncela y el cine de Saénz de Heredia le volvieron a impulsar. 

Su vida comenzaba a tener sentido hasta que se le ocurrió escribir una carta junto con unos amigos al ministro de información preguntando si era cierto que en Asturias se torturaba a los mineros que protestaban. Aunque consiguió llenar páginas de periódico con la denuncia, las consecuencias le costaron caras. En Radio Nacional prohibieron su nombre y, por tanto, también su contrato.

De joven aprendió la importancia de ser multifacético con Agustín González y la necesidad de internacionalización por ser el oficio con menos seguridad con Lida Baarová. También conoció como un país ignora a un actor con más de 170 películas como Jess Franco. O con el ejemplo de Edgar Neville, la capacidad de olvido por parte de gente que ha pasado por lo mismo tan solos unos años atrás. 

La sociedad siempre ha tendido a no valorar al actor y a hablar del talento como del oficio de los pobres o del que no tiene otra cosa que hacer. Fernán Gómez comprende que en el siglo IV fuera así por utilizarse este arte como burla de la religión, lo que complicó la labor de los predicadores. Pero cree que eso ya ha pasado, que ahora es una destreza muy alejada de la creencia religiosa. Mantiene que los actores son juzgados como niños caprichosos que cada día quieren ser una cosa, pero a su vez los ven y tienen la capacidad de decir que son cada uno de ellos. Olvidan que tan solo se trata de un papel y de un amante de la diversidad que desea realizar el oficio con gusto. 

De cambio en cambio

A lo largo de las páginas se habla de que los autores de una obra ya no son tan famosos como antes y que han desaparecido las publicaciones teatrales más conocidas al compás del paso a la transición de la televisión y la radio. Además, defiende que a todo mal juicio se le puede dar una justificación. También se interesa por lo sucedido con el destape. Observa que el espectáculo de variedades que encontró tanta fama por sus cuestiones eróticas y por adentrase en lo escondido, ya casi no está sobre los escenarios. Felipe IV prohibió durante su reinado los intercalados de bailes durante las representaciones porque solo se pedían vidas ejemplares. Pero la economía siempre se antepone y al comprobar que la gente dejaba de ir al teatro, lo volvió a permitir. Así, regresó el paso a la diversidad y a la diversión. 

Los premios también se sumaban al listado de sufridores, pero con el paso del tiempo les han otorgado su lugar. Para él, que te dieran uno en la época franquista se convertía en una catástrofe. Se preguntaba cómo entrar en el café Gijón si estás posicionado en la derecha… En cambio, ahora cualquier galardón es positivo aunque sigue existiendo el miedo de que te lo dan para eliminarte del panorama teatral. 

En la actualidad

El pasado dejó mucho que replantearse, pero ¿qué ocurre con el presente? El físico, los autógrafos y las leyes están en juego. Se antepone apariencia frente talento por el conformismo de un público medio. Y los autógrafos se piden persiguiendo al artista por la calle y llamándole con otro nombre.

Crítica y conocimiento determinan la trayectoria del teatro y su posible continuidad. Lo ideal sería que después de tantos siglos, no se cuestionara el valor de personas que recorren el mundo con una estabilidad económica que se tambalea simplemente por escoger un gran oficio. Se olvidan del sacrificio y la empatía que representa actuar sobre un escenario y que frente a él no haya ni diez personas. Fernán Gómez desea un imposible en su libro si no dejamos pasar que la bajada del IVA cultural se basa en la reducción de precios para entrar a un recinto. De esta forma, el mínimo de holgura económica de un actor, es decir, que pueda vivir de su trabajo como cualquier ciudadano, también es criticada. Compra emociones, compra teatro, compra recuerdo.