Adriana Díaz

Películas sobre la época de los nazis en Alemania hay muchas, y de muchos tipos. Algunas se centran en la figura del dictador (El hundimiento, El tambor de hojalata o El gran dictador, por poner algún ejemplo), otras retratan las diferentes realidades de los campos de concentración (La zona gris, El último tren a Auschwitz, La lista de Schindler, Los falsificadores) y las hay que explican historias de personajes concretos desde puntos de vista muy diferentes (Hijo de Saúl, El niño con el pijama de rayas, La vida es bella, El Pianista).

El fotógrafo de Mauthasen pertenece a este último grupo. Y es que la última película de la directora, Mar Tarragona, nos acerca la historia de Francesc Boix conocido por ser el fotógrafo de dicho campo de concentración durante el tramo final de la segunda Guerra Mundial y conseguir sacar a la luz una gran cantidad de fotografías (se cifra en aproximadamente unas 1000 instantáneas, 200 disparadas por él mismo y unas 800 por los oficiales de las SS) hechas en el campo de concentración durante ese período. El trabajo que hizo dentro del cautiverio y como logró extraer los negativos y sacarlos a la luz, es la hazaña que cuenta Tarragona con Mario Casas en el papel del fotógrafo. Sin duda, la historia es digna de ser contada.

En algo menos de dos horas, El fotógrafo de Mauthasen recrea los últimos días de vida del campo que concentró más españoles durante la Guerra. Más de 200.000 presos tenían nacionalidad española y de ellos, más de 100.000 perdieron la vida dentro de esas paredes. Francesc Boix retrató a tantos como pudo y gracias a él se desvelaron escenas que, sin sus fotografías, seguramente nadie hubiera creído. Y Mario Casas consigue meterse en su piel (perdió 22 kilos para interpretar al personaje) lo suficiente como para que la historia resulte, como mínimo, entretenida e interesante de ver.

Junto a Mario Casas en el reparto encontramos también a un Alain Hernández (Solo, El rey tuerto) cuyo personaje veremos sufrir las consecuencias de los actos de Boix y de todos aquellos que le ayudan a conseguir sacar las fotografías del campo de concentración. Y lo hace de una manera tan orgánica que incluso consigue que a los más sensibles –me incluyo- casi se nos caiga una lágrima (¿De impotencia? ¿De rabia?).

Con unos escenarios que quitan el aliento (si no conocíais la ‘cantera’ de Mauthasen, después de la película no la olvidaréis), una dirección más que buena y unas actuaciones que demuestran el potencial que hay en nuestro cine, El fotográfo de Mauthasen es de esas películas que conciencian sobre una realidad pasada y nos acercan historias de esos héroes sin capa que, hoy en día, tanto cuestan de encontrar.