El clásico de culto se actualiza en un slasher tecnológico tan claustrofóbico como divisivo.
La mítica Faces of Death (1978) cimentó su estatus de leyenda urbana en la era analógica gracias al morbo y la ambigüedad de unas gastadas cintas de VHS que prometían registrar muertes reales. Casi cincuenta años después, el director Daniel Goldhaber y la guionista Isa Mazzei deciden revivir esta infame marca. No mediante un simple remake de vísceras gratuitas, sino transformándola en un retorcido thriller psicológico sobre la insensibilización social en la era del algoritmo. El resultado es una película que camina constantemente sobre la cuerda floja y que va a dividir por completo al espectador. Por un lado, se alza como una de las deconstrucciones más inteligentes del terror moderno en redes sociales. Pero por el otro, flirtea peligrosamente con convertirse en un ejercicio inerte y pretencioso que comete el error de confundir el cinismo digital con verdadera lucidez narrativa.
La trama nos presenta a Margot (una contenida Barbie Ferreira). Una joven que trabaja como moderadora de contenido para Kino, una plataforma de vídeos cortos sumamente similar a TikTok. Su labor diaria consiste en enfrentarse a la cara más oscura y depravada de internet, filtrando clips violentos en un entorno de oficina alienante.
La rutina de Margot se rompe cuando empieza a cruzarse con una serie de vídeos que emulan las escenas de muertes de la película original de los setenta. Al sospechar que los crímenes que ve en pantalla son reales y toparse con la total indiferencia de una corporación que prioriza las visitas al bienestar humano, Margot decide investigar por su cuenta. Detrás de estas macabras producciones se encuentra Arthur Spevak (Dacre Montgomery). Un calculador asesino que secuestra a creadores de contenido para recrear aquellos viejos mitos analógicos y subirlos a la red, buscando una notoriedad instantánea que expone la sed de espectáculo de la audiencia moderna.
El gran acierto radica en su habilidad para construir una atmósfera asfixiante
La película funciona estupendamente al retratar el desgaste mental de los moderadores de contenido. Estos son obligados a consumir toneladas de basura digital mientras el sistema sobrevive ignorando la crueldad. La química de tensión que se genera entre Ferreira y un Dacre Montgomery desatado es el verdadero motor que sostiene el metraje. Con un diseño visual que se apoya de forma muy creativa en las multipantallas y la frialdad de las interfaces web. Desde este prisma, la cinta no busca adoctrinar ni juzgarnos por nuestra curiosidad morbosa. Sino que nos empuja a mirarnos en el espejo de un ecosistema digital que todos alimentamos a diario de manera sistemática al deslizar el dedo por la pantalla.
Sin embargo, el Faces of Death arrastra importantes carencias que empañan el resultado final. Por momentos, la historia se desinfla y se siente como un slasher convencional de bajo presupuesto que intenta disfrazarse inútilmente de tratado sociológico complejo. El guion llega a resultar plano y aburrido al dedicar demasiado tiempo a enfocar personajes que simplemente teclean, buscan en Google o navegan por menús digitales. Esto corta por completo el ritmo de la intriga. Asimismo, el personaje de Arthur no está a la altura de la amenaza que pretende representar; queda reducido a una imitación pálida de los villanos de la saga Scream que suelta discursos pretenciosos sobre la violencia mediática sin llegar a convencer ni asustar.
En definitiva, Faces of Death se presenta como una obra dicotómica: un intento transgresor que, según cómo se mire, o bien diagnostica con precisión quirúrgica nuestra apatía moderna, o bien se ahoga en la misma superficialidad interactiva que pretende denunciar.