El auge de este tipo de agrupaciones musicales presenta debates acerca de su originalidad y méritos

José Antonio Moral

Mi artículo de esta semana tiene que ver con un tema peliagudo y sangrante para muchos aficionados y profesionales del mundo de la música: las bandas tributo. Como todo el mundo sabe, estas agrupaciones surgen en torno a la figura de alguna banda o músico famoso, en un intento de replicar su sonido y sus canciones. Queen, The Beatles, Led Zeppelin… todos estos grupos tienen algo en común, y es que gozan de una fama sin precedentes, llegando a ser fácilmente reconocibles por cualquier persona, en cualquier parte del mundo; por desgracia, uno o varios de sus integrantes ya no viven, lo cual no sirve sino aún más para acrecentar la leyenda y despertar el interés del público en general.

Tanto en la música como en todos los ámbitos de la cultura en general, existen dos tipos de consumidor: aquel que investiga, que abre su mente a las últimas novedades y tendencias y que procura hacer ejercicio de autocrítica; y las personas que, por hábito o por desinterés en conocer algo nuevo, deciden seguir consumiendo, de forma más o menos regular, “lo de siempre”.

Ambas posturas son aceptables, pero ayudan a comprender el objetivo principal que tienen estas bandas cuando salen al mercado, y por qué últimamente tienen tanto éxito: existe una cantidad de público que vivió una gran época dorada para la música, transcurrente entre los años 60 y 80 y que ha marcado gran parte de la senda de la cultura y evolución musical en la actualidad. Estas personas, que ven cómo, poco a poco, todos sus referentes van desapareciendo, tienen en las bandas tributo la oportunidad de recrear y revivir la experiencia de disfrutar de sus artistas favoritos en directo,  y es aquí donde reside el principal peligro y motivo de disputa en torno a su existencia. Aprovechando el tirón de épocas pasadas, y con la excusa de honrar y homenajear a sus artistas favoritos, muchos de estos grupos tributo surgen de la nada, con la única intención de hacer caja; para ello, se utilizan músicos de dudosa calidad y vocación, grandes puestas en escena y caracterizaciones de los integrantes originales de las bandas; lo que aquí prima es entretener y cobrar al final de la actuación, no vivir la música y homenajear al grupo en cuestión.

Sin embargo, esto no quiere decir que todos los casos sean así. Yo mismo tuve la oportunidad, hace un par de días, de presenciar un espectáculo en homenaje a Pink Floyd, en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid, de parte de la banda Pink Tones. Este grupo español, que lleva ya varios años en el oficio, representa lo mejor que se podría pedir y esperar a una banda de estas características: músicos excepcionales, pasión y amor por la música, y un profundo conocimiento sobre Pink Floyd.

Personalmente, ellos son mi grupo preferido, un antes y un después a la hora de entender y apreciar la música, y capaces de llevarme a un mundo muy alejado de aquí. No sabía si esto ocurriría en un concierto tributo, y tenía mis reticencias, pero ocurrió: la banda no pretende parecerse físicamente a los miembros de Pink Floyd, sino deslumbrar con su música. Y lo hacen. La sensación de estar escuchando un concierto original era innegable, tanto a nivel instrumental como vocal, aunque se permitían ciertas licencias y variaciones, como el uso del Theremin, que no hacían sino aportar riqueza y personalidad a la interpretación. Sin precios desbocados, tocando durante largo rato, y agradeciendo y homenajeando al grupo original por su música al final de la actuación.

Entiendo perfectamente el rechazo, el enfado y la apatía hacia las bandas tributo, pero este grupo me demostró que se pueden hacer las cosas de otra manera; sin pretensiones de grandeza, con el único objetivo de homenajear a unos artistas tan importantes de la mejor forma posible, que es interpretando su música y llevándola a los oídos de la gente.