No creo que el humor tenga límites, pero está siempre condicionado por nuestra posición social y eso siempre limitará a muchas personas, las no normativas.

Pavlo Verde

La polémica

Hace pocos días se levantó una importante polémica a raíz de un chiste del humorista David Broncano en su programa, La Resistencia. En él ironizaba sobre la reciente e impactante muerte de George Floyd comparando a los agentes estadounidenses con Rex, el perro policía. El cómico se ha defendido alegando que el chiste no iba contra George Floyd, sino contra el terrible absurdo del suceso. El hecho es que por un amplio abanico de motivos la broma no ha gustado a muchas personas, que la han calificado de racista en algunos casos, pero sobre todo de irresponsable, y ha reabierto el debate sobre los límites del humor. Además de varias voces particulares, quienes más indignación han manifestado son las integrantes de Afroféminas. Se trata de una comunidad en línea que pretende dar voz a las mujeres afrodescendientes en España y llevar al debate público sus ideas y problemas. Ahora mismo volveré a ellas.

¿Qué hacemos con el humor?

Mi intención hoy era tomar este ejemplo concreto para realizar una defensa del humor. Quería sostener que el humor sirve en primer lugar para hacer reír, no para promover virtudes. Que no tiene límites, que a lo sumo tiene contextos y que hay que entender las bromas como eslabones de una cadena mayor. Con ello pretendía relativizar la sátira de Broncano, por inaceptable que fuera para muchas personas. Al fin y al cabo, él no ha demostrado actitudes ni pensamientos racistas y más bien parece ser un tipo de ideas progresistas. Por eso, lo mejor que se podía hacer era invitarlo a reflexionar sobre lo sucedido, discretamente, sin hacer ruido. Si la gente se indigna ante una broma así, ¿no deberíamos justificar a quienes se ofenden por chistes sobre Franco? Después de todo, la corrección política no es absoluta, sino análoga a cada grupo social. Lo que a unos les hace gracia a otros les resulta ofensivo…

¿Quién puede permitirse que no haya límites?

Todo esto pensaba. Supongo que lo sigo pensando, pero en el camino he descubierto otra cosa. Mientras investigaba para escribir estas líneas he leído artículos de Afroféminas sobre la cuestión del humor. De esta forma me he dado cuenta de que puedo defender aquello que creo, pero siempre lo defenderé desde un lugar específico que me condiciona. ¿Y desde dónde hablo yo? Soy un varón blanco de clase acomodada, la respuesta es clara: desde una posición de poder. Yo siempre hablaré desde mi blanquitud, mi seguridad y mi falta de miedo. Y lo mismo se puede decir sobre Broncano, que además es un personaje público con mucho mayor alcance mediático. Sobre determinados temas no hace humor quien quiere, sino quien puede. En conclusión, por mucho que yo tenga estas ideas, defenderlas a viva voz carece de sentido, porque no están en peligro. Ni ellas ni mi integridad física o mental ni mi vida.

Aprender a callar

En este caso, al igual que en otros relacionados, como el feminismo o los derechos LGTBI, lo mejor que puede hacer una persona ajena a dichas mayorías o minorías (ya sea blanca, de género masculino, cisheterosexual o todas a la vez) que quiera apoyarlas y se interese sinceramente por ellas es callarse.

Con esto no quiero decir que debamos pasar de largo e ignorar a quienes hablan desde la experiencia personal e intelectual. Esto no va de meternos sin más en nuestros asuntos. Todo lo contrario. Ese silencio debe ser modesto, pero sincero y antes que nada, activo. El ensayista Víctor Parkas dice que tres son (o deberían ser) los rasgos de las nuevas masculinidades: “Callarse, escuchar y (des)aprender”. Lo mismo podríamos decir de las nuevas heterosexualidades o, en este caso, las nuevas blanquitudes.

Escuchar(se)

En definitiva, precisamente porque el humor no tiene límites, sino contextos, hemos de preguntarnos por el nuestro. Si la respuesta es que dicho contexto es uno de poder quizá deberíamos repensar nuestras ideas y nuestros actos, no para deshacernos de ellos, sino más bien para ponerlos en su sitio. La gente como Broncano o como yo ha tenido siempre o casi siempre la oportunidad de hablar de todo, de reírse de todo. Ya va siendo hora de que les cedamos la palabra a otras personas y empecemos a escucharlas y a aprender de ellas. No para desdeñarnos ni mucho menos para aislarnos, sino precisamente para crear un espacio donde juntarnos y tenernos en consideración por igual. Actualmente ese espacio no existe, pero podemos ayudar a construirlo dando menos cosas por hecho y con un poco más de prudencia y humildad.