El último mes ha estado salpicado por el despertar antirracista. Uno de los focos de las movilizaciones han sido las estatuas de personajes racistas. La polémica está servida.

Pavlo Verde

Arden las cabezas

Este mes ha estado marcado por la ola antirracista que se ha desatado tras la muerte de George Floyd. Parte de este empuje social se ha traducido en un revisionismo histórico que ha hecho que muchas personas se cuestionen la existencia de estatuas conmemorativas de personajes de ideas racistas, algunos de ellos incluso esclavistas. Hay quienes han pasado del cuestionamiento a la acción y han solicitado la retirada de ciertas estatuas, en ocasiones pintándolas y llegando a derribarlas. Estatuas como las del general confederado Williams Carter Wickham en Richmond (Virginia, EEUU), el esclavista británico Robert Milligan en Londres o el genocida Leopoldo II de Bélgica (Amberes), entre muchas otras, han sido retiradas. Por otra parte, al Cristóbal Colón de Boston lo han decapitado y el de Miami ha aparecido pintado. Estas iniciativas han levantado la polvareda mediática y nos han obligado a hacernos algunas preguntas. ¿Está justificada esta reacción?, ¿Es esto vandalismo?, ¿Dónde poner el límite, si lo tiene?

La reacción

Los únicos que han mostrado un rechazo frontal a la retirada de estatuas son los sectores más duros de la derecha y ultraderecha europea y estadounidense. El presidente Donald Trump ha escrito tweets en contra de estas acciones cometidas por “feos anarquistas”. A su vez, el Primer Ministro británico Boris Johnson ha declarado que retirar estatuas es “mentirnos sobre nuestra historia”.

Laberinto de estatuas

Críticas más interesantes han venido desde otros sectores. El biógrafo de Churchill (otro de los cuestionados) Andrew Roberts señala que empezar a revisar es muy fácil, pero decir basta resulta casi imposible. “Si empezamos a derrocar monumentos creyendo que nuestra moral es superior o que lo que estamos haciendo es bueno, ¿qué hacemos con las pirámides, el Partenón y el Coliseo Romano, todos construidos, al menos en parte, por el trabajo esclavo?”, comenta. Una posible respuesta sería que una cosa son edificios milenarios con finalidades diversas y otra, monumentos cuyo único objetivo es rendir homenaje público a figuras históricas que pueden resultar oscuras desde nuestra perspectiva actual. En todo caso, deja abierta la puerta al problema de los límites. ¿En quién y hasta cuándo se debe frenar?

El escritor Juan José Millás ironizaba sobre esto en un artículo para El país. Según él, “La historia está llena de personajes que alternaron el altruismo con la mezquindad y las gestas heroicas con biografías miserables”. Por ello, propone en tono humorístico hacer un cálculo de la bondad y maldad de cada personaje inmortalizado en piedra. Tras esto, habría que dividir sus estatuas a partir del porcentaje final y dejar solo la porción correspondiente a sus “buenas acciones”. Es una forma aguda de señalar los excesos de este reciente revisionismo. Sin embargo, creo que el bueno de Millás entremezcla moral privada y ética pública. En su mayoría, quienes piden la retirada de estatuas no están juzgando a los representados por ser unos cabrones, sino por defender y personificar unos valores políticos -racismo y esclavismo, concretamente- que no pueden ni deben tener cabida en nuestras sociedades y por ende no habrían de conmemorarse públicamente.

La ambigüedad de los símbolos

Dicho esto, Millás acierta al señalar la dificultad de la “selección”. ¿Quién debe desaparecer de los lugares públicos? Parecería claro que figuras como los esclavistas confederados tendrían que hacer las maletas. Por otro lado, personas como Churchill o Colón, con sus luces y sus sombras, resultan más ambiguas.Tirando de esto hilo llegamos a la pregunta de qué hacer entonces con los emperadores romanos, faraones o políticos griegos que también fueron esclavistas y tienen estatuas en nuestras plazas. Alfredo González Ruibal ofrece una respuesta. Dice para El diario: “la opresión que se cometió en la época de los egipcios o los romanos no tiene efecto alguno en el presente y no hay nadie que se pueda considerar víctima u ofendido por esos monumentos”. Este mismo historiador aboga por sacar las estatuas polémicas del espacio público, ya que este “es para el homenaje”. No obstante, no propone destruirlas, sino resignificarlas ubicándolas “en un museo o en otro contexto donde se pueda explicar lo que fueron estos personajes”.

Descolonizar las calles. Liquidar las estatuas

Más contundentes se han mostrado personas como la escritora Cristina Morales, que afirma que “esas estatuas deberían ser tumbadas, aniquiladas y calcinadas”. En esas mismas declaraciones cita a la activista y artista Daniela Ortiz en su intervención para Espejo público. Ella también se muestra partidaria no solo de retirar, sino de “tumbar” la estatua de Colón en Barcelona. Alega que forma parte de una narrativa de dominación y colonialismo europeo sobre los pueblos colonizados. Esto se podría extender a todas las demás estatuas en disputa.

¿Conclusión?

Y estas son algunas de las numerosas posiciones que se han tomado al respecto. En esta polvareda solo hay una cosa clara: los espacios públicos no son neutrales ni impersonales. Lo que en ellos ocurre refleja parte de lo que hacemos y pensamos como comunidad. Estas acciones contra estatuas no son actos vandálicos, sino símbolos de un malestar político mayor. La pregunta debería ser qué es lo que queremos exponer en nuestras calles y plazas, con qué finalidad y a quién incluimos y excluimos con ello. A partir de ahí, escoged la que postura que más os convenza, si acaso una solo sirve para dar respuesta a esta cuestión.