En El verdugo de Berlanga, el horror de la muerte mezclado con el humor y la sátira es una bomba irresistible

Alba Blanco

Continuamos repasando clásicos del cine español en esta época de cuarentena y rescatemos otro clásico de Berlanga: el verdugo.

En la película, Amadeo (José Isbert) es un viejo verdugo que está a punto de jubilarse. Su hija Carmen (Emma Penella) se ha casado con José Luis (José Luis López Vázquez), un enterrador. Debido a un patronato de viviendas, la familia podrá disfrutar de un piso, siempre y cuando el marido de esta acceda a heredar la profesión de su suegro: la de verdugo.

Como bien sucede en las películas de Berlanga, el horror y el humor en una etapa complicada para España (plena dictadura franquista) se dan la mano para hacer reír y reflexionar al espectador. En el verdugo, su protagonista, es un señor mayor y adorable, cuya profesión, que no deja de ser la que es, no consigue arrebatarle esa dulzura y gracia que tiene.

Fotograma de El verdugo de Berlanga

Comparando esta película, que es posterior (año 1963), con la de ¡Bienvenido, Míster Marshall! podemos ver claras diferencias en el tratamiento del contexto histórico. Continúa la represión franquista sí, pero esta está mucho más occidentalizada. Los españoles salen, se divierten, los jóvenes han cambiado y hablan de libertad. Una España, además, más abierta en la que podemos ver, por ejemplo, la celebración de eventos (de origen republicano) como la Feria del Libro de Madrid.

El humor frente al horror

El propio planteamiento de la historia, ya de por sí, se toma como cómica desde el primer momento. La hija del verdugo a la que nadie quiere, por ser la hija del verdugo, se casa con el enterrador, al que nadie quiere por su profesión. Lejos de causar dramatismo (cuyo poder recae en la última secuencia íntegramente), la forma de retratar el horror de la muerte es prestigiosa. Hace que nos riamos de ella, que la miremos a la cara.

El planteamiento de la escena final, en la que José Luis tiene que enfrentarse a su deber, es sencillamente perfecta. El horror de la muerte mezclado con el humor y la sátira es una bomba irresistible. Y es en esa escena final, en la que recae todo el dramatismo de la obra de Berlanga. En ningún momento se muestra la ejecución, pero el horror de la España franquista está ahí. A puerta cerrada. Como solo los mensajes más potentes retumban en nuestros pensamientos.