‘Posesión infernal: en llamas’: un perturbador banquete de duelo y sangre

Un tenso reencuentro familiar demuestra que los lazos de sangre pueden ser más letales que cualquier maldición.

Posesión

Sinopsis de ‘Posesión infernal: en llamas’. Tras la trágica muerte de su esposo, Alice viaja a una casa aislada para reunirse con su familia política en una comida en su memoria. Lo que debía ser un encuentro de duelo se transforma en una pesadilla claustrofóbica cuando tensiones no resueltas desatan una fuerza demoníaca que posee a los presentes, convirtiendo la vivienda en una trampa sin salida.

Hay sagas de terror que, lejos de quedarse estancadas en una época concreta o ligadas a la personalidad de su creador, demuestran una capacidad asombrosa para expandirse y mutar con los años. Tras el brutal remake de 2013 y el éxito reciente de Evil Dead Rise, mantener el listón alto en este universo es una tarea compleja. Corres el riesgo de repetir fórmulas ya vistas o de perder esa identidad tan salvaje que los devotos exigen. ‘Posesión infernal: en llamas’, la nueva incursión dirigida por el cineasta francés Sébastien Vaniček, juega a algo radicalmente distinto. El director toma una premisa que podría haber acabado convertida en un simple festival de sangre digital. Pero la transforma en una historia que habla menos sobre el mito del bosque y mucho más sobre el colapso de una familia rota por el duelo.

La situación parece la típica dinámica que el cine de posesiones ha repetido durante décadas. Un grupo de personas atrapadas en una localización aislada defendiéndose de una infección sobrenatural. Sin embargo, Vaniček utiliza precisamente esa estructura de reencuentro fallido para darle la vuelta poco a poco. Todo cambia cuando nos damos cuenta de que el verdadero peligro no son solo las entidades que gritan desde las sombras, sino los propios lazos de sangre corrompidos.

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No es un simple despliegue de violencia gratuita

La película utiliza el elemento sobrenatural y la mitología de la saga para acercarse a algo bastante más incómodo. Poco a poco queda claro que el centro de la historia no es la magia negra ni la aparición de reliquias antiguas. Es el miedo al dolor familiar y a la toxicidad heredada. Cuando las puertas de la casa se cierran y la locura se contagia entre los comensales, la vivienda deja de sentirse como un espacio de recogimiento para convertirse en una ratonera emocional. Al final, la película funciona como una mirada bastante clara a nuestra propia fragilidad ante la pérdida. Sugiere de forma muy inteligente que los peores monstruos a menudo se alimentan de los secretos que intentamos esconder a quienes se supone que más nos quieren.

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Pero probablemente una de las mayores virtudes de Vaniček está en la forma en la que maneja el ritmo y la tensión. Durante los primeros minutos, la película juega con elementos muy cotidianos. Retrata la incomodidad de ese tenso almuerzo de duelo con una ligereza gris y una naturalidad que hace que todo parezca moverse dentro de un drama familiar relativamente reconocible. Y precisamente por eso funciona tan bien cuando empieza a romper esa normalidad. La película no escatima en gore crudo ni en salvajismo. Pero no te lanza el horror a la cara sin motivo. Progresivamente va deformando la seguridad del hogar poco a poco hasta que el entorno se vuelve hostil. Gran parte de la incomodidad nace de ahí, de sentir que las tensiones subyacentes se vuelven físicas a través de la posesión.

Vaniček consigue que la saga mantenga su arrolladora vitalidad

Habría sido fácil apoyarse únicamente en los tropos clásicos de la saga o en los guiños fáciles a los fans, pero ‘Posesión infernal: en llamas’ parece mucho más interesada en construir una tensión constante que va creciendo lentamente. Que ahoga al espectador a través de personajes fuertes y una base dramática sólida. La sensación de desamparo y de estar atrapados con personas en las que ya no puedes confiar aparece mucho antes que los momentos de gore más extremo. Eso hace que la atmósfera funcione especialmente bien. Incluso cuando la película abraza por completo el delirio sangriento y los elementos más grotescos de la franquicia, sigue manteniendo los pies dentro de un realismo sucio y sudoroso que resulta verdaderamente perturbador.

También resulta interesante el peso que recae sobre el reparto, encabezado por Souheila Yacoub junto a rostros reconocibles como Hunter Doohan y Luciane Buchanan. Vaniček huye de los personajes planos que solo sirven como carne de cañón. Aquí, el duelo, la culpa por el marido fallecido y el pánico real de verse atrapado en una cena infernal dotan a los actores de una fragilidad humana muy reconocible. A medida que la posesión avanza y las mutaciones se extienden, las decisiones desesperadas que toman para intentar sobrevivir los unos a los otros terminan convirtiéndose en uno de los motores principales y más dramáticos de la cinta.

El director apuesta por una puesta en escena agresiva pero impecablemente

La película no depende únicamente del susto fácil. Prefiere construir la tensión a través del agobio de los encuadres, una fotografía opresiva y una atmósfera enfermiza que exprime los rincones de la casa. Además, el diseño de sonido es ensordecedor y modélico. Es capaz de envolver al espectador en una vorágine de gritos distorsionados y ruidos viscerales que ayudan a que esa sensación de claustrofobia no decaiga en ningún momento.

Quizá una de las cosas que mejor hace esta entrega es que el miedo nunca se siente como una leyenda lejana. Aunque estemos ante una maldición demoníaca, el verdadero terror aparece en algo mucho más cercano. La idea de que la familia que debería protegerte tras una tragedia pueda convertirse en tu peor pesadilla. Ahí es donde la película encuentra gran parte de su fuerza. Porque detrás del festival de sangre y de los elementos clásicos de la franquicia, Sébastien Vaniček construye algo que funciona sorprendentemente bien. Una película incómoda, frenética y bastante inteligente que consigue que el mítico horror de Posesión infernal se sienta más vivo, peligroso y cruel que nunca.

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