‘Wicker’: amor de mimbre contra la tiranía del pueblo

La prueba de que el cine fantástico aún puede sorprender sin caer en lo ridículo

El cine fantástico actual rara vez se atreve a ser diferente sin caer en la copia o en la broma fácil. Sin embargo, en su salto al largometraje, la pareja formada por Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson ha levantado una película muy original que bebe directamente de los cuentos de toda la vida. Basada en un relato corto de Ursula Wills-Jones, ‘Wicker’ se presenta como una comedia romántica. Con toques oscuros que utiliza una premisa totalmente imposible para hablar de cosas muy reales, apoyándose en un reparto muy sólido donde destaca la presencia de Olivia Colman para que la mezcla funcione.

La historia nos lleva a un pueblo aislado y bastante hostil donde una pescadora solitaria, interpretada con mucha solvencia por Colman, aguanta a diario las burlas y el desprecio de sus vecinos. Su trabajo aporta el anclaje necesario para que una premisa tan extravagante resulte creíble y cercana. Cansada de la marginación constante, toma una decisión tan loca como desesperada: le pide a un cestero local — al que da vida un estupendo Peter Dinklage — que le fabrique un compañero hecho por completo de mimbre. Contra toda lógica, la figura cobra vida y se convierte en un apuesto hombre tejido de ramas, interpretado por Alexander Skarsgård. Lo que sobre el papel suena a disparate se transforma enseguida en el centro de un romance tierno y extraño, sostenido por la naturalidad con la que Colman afronta cada secuencia.

Un universo estético artesanal y terroso

Uno de los mayores aciertos de la película reside en la manera en que construye su apartado visual. Lejos de apostar por el croma verde o por efectos digitales aparatosos, la dirección de fotografía opta por texturas terrosas, colores apagados y una iluminación que recuerda directamente al cine de cuento clásico europeo. El pueblo costero donde se desarrolla la acción parece sacado de otra época. Un lugar atemporal donde las casas de madera, los aperitivos de pesca y la ropa de abrigo de los habitantes transmiten una sensación constante de humedad, aislamiento y frío.

Este diseño de producción artesanal resulta fundamental para que la rareza de la trama encaje con naturalidad. La película crea un pequeño universo cerrado donde las normas sociales son tan rígidas como el paisaje. El trabajo con los escenarios naturales y el mimo puesto en los pequeños detalles de la vida cotidiana del pueblo ayudan a que el espectador acepte las reglas del juego, encontrando en la sobria interpretación de Colman el punto de apoyo perfecto para mantener los pies en la tierra.

Del absurdo a la ternura

Aceptar que una mujer mantenga una relación con un monigote de paja requiere un enfoque interpretativo muy medido. Alexander Skarsgård hace un trabajo físico interesante. Logra transmitir afecto y vulnerabilidad a través de una estructura de mimbre que no tiene expresiones en la cara. Por otro lado, la actuación de Olivia Colman aporta la contención y la humanidad necesarias para que la dinámica entre ambos funcione sin resultar ridícula.

Frente a esta unión, la mezquindad del pueblo no tarda en aparecer para desatar el conflicto. Elizabeth Debicki encabeza al grupo de vecinos hostiles en el papel de la sastra local. Un personaje que representa la envidia, el cotilleo y el acoso sutil hacia la protagonista. A través de los roces constantes con los habitantes, la película muestra cómo la felicidad de los demás —por muy extraña que parezca— molesta profundamente a quienes viven pendientes de las normas estrictas de la comunidad.

Una mirada a la libertad y al qué dirán

Más allá de su aspecto de cuento fantástico, el guión lanza una crítica muy clara contra la intolerancia y la presión social. El pueblo funciona como una máquina bien engrasada encargada de castigar todo lo que se sale de la norma. En este ambiente asfixiante, el hombre de mimbre actúa como un espejo. Un ser inorgánico que demuestra mucha más humanidad y respeto que la gente de carne y hueso que lo rodea.

La buena química entre Olivia Colman y Alexander Skarsgård le da al conjunto un corazón inesperado. La actriz británica vuelve a demostrar su oficio. Pasa de la comedia terrenal al drama con soltura y aportando la credibilidad justa para que esta peculiar historia mantenga el tipo de principio a fin.

‘Wicker” se destapa como una propuesta fresca y valiente. Una rareza entrañable que defiende el derecho a encontrar el cariño donde uno menos se lo espera, recordándonos que los verdaderos monstruos de los cuentos casi nunca son los seres de fantasía, sino los que caminan a nuestro lado aparentando una normalidad impecable.

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