El pop: de todos y de ningún lugar

La música pop no está liagada al territorio, pero al mismo tiempo permite la expresión de múltiples identidades

En el último artículo calificaba el pop como un fenómeno “de todos y de ningún lugar”. En esa línea la filósofa Agnès Gayraud comenta al analizar la historia del pop: “La transmisión oral y localizada de los folclores se substituye por la difusión en masa de una música registrada y desterritorializada” (Dialectique de la pop, p. 25). Frente al carácter geográficamente limitado de la oralidad, las grabaciones se pueden extender por todo el mundo. Esto le permite al pop trascender las barreras territoriales, desterritorializarse, en palabras de Gayraud.

Música desterritorializada

No obstante, el pop no es el primer fenómeno musical desterritorializado. Antes la música académica (mejor conocida como “clásica”) había logrado algo similar no mediante la grabación, sino a través de la partitura. Este talante escrito lo hizo internacionalizarse y estandarizarse más allá de las oscilaciones regionales (con la excepción quizá de la música clásica nacionalista de finales del XIX y principios del XX, que no deja de ser una excepción). Y pese a esto las diferencias entre la música académica y el pop son claras (sociológica y culturalmente hablando, no solo musicales). Esto se ve ya en sus propios nombres. La primera es una música para públicos pequeños, ligados al entorno académico. La segunda es, simplemente, popular. De alcance masivo.

Ahora bien, tampoco el pop es la única música popular. De hecho, esta definición ha correspondido históricamente al folclore. La diferencia estriba en que en este “popular” significa “de los pueblos” (tanto de las localidades pequeñas como de las comunidades antropológicas). Por su lado, el pop convierte la popularidad en cosa del pueblo. Es decir, de la masa mayoritariamente urbana que toma forma en el mundo contemporáneo.

Pop: fenómeno urbano y difuso

Las ciudades tienden a ser lugares con identidades difusas, algo que la globalización y el consumismo asociado a ella multiplican. Así, las identidades de los individuos que componen este pueblo, a grandes rasgos, están desacopladas del territorio en el que viven. Las aficiones, la ropa, los gustos culinarios… no son de ningún lugar concreto. Tampoco la música, que en este caso es sinónimo de pop.

En síntesis, los dos elementos básicos del pop son: el cosmopolitismo (en este caso urbano/globalizado) y el carácter popular. Lo primero lo comparte con la música clásica/académica, aunque el cosmopolitismo de esta fuera muy distinto por razones históricas, claro está. Lo segundo, con el folclore. De esta fusión surge un sujeto artístico muy particular. Los sujetos de la música clásica son hipersujetos (varones, blancos, occidentales y “genios”), mientras que en el folclore el músico o música individual se pierde en el anonimato. Por su lado, la música pop permite crear sujetos reconocibles y perdurables, pero con un perfil mucho más diverso y menos exigente que el de la música académica. Se podría decir que democratiza el ser artista sin llegar al extremo del olvido.

Democratización de las identidades

Esto tiene consecuencias en nuestra discusión sobre la localización del pop. Ya hemos visto que su música no es identificable con ningún lugar concreto y suele contener trazas de estilos con diversas procedencias. Ahora bien, los sujetos (los artistas) pop han ido desarrollando identidades cada vez más regionales a medida que este fenómeno se internacionalizaba. Así lo expresa Agnès Gayraud: “La expresión pop, como se ha visto, es siempre particularista: este particularismo funda su capacidad en representar comunidades de pertenencia” (p. 252, Ibíd.).

Según Alex Seago, frente al dominio del pop anglosajón en la posguerra mundial, a partir de los años 60 fueron apareciendo “puntos nodales” pop con características propias en otras partes del mundo. Él pone el ejemplo del Krautrock, la variante alemana del rock que se desarrolló en los 70, que en nada se parece al rock anglosajón previo. Hoy podríamos añadir el K pop, que se ha convertido en todo un símbolo nacional en Corea e incluso recibe apoyo de su Ministerio de Cultura. Y esto por no hablar de cómo el pop ha supuesto siempre una herramienta de difusión de identidades minorizadas en el norte global. Un caso señero serían los afroestadounidenses, que con sus contribuciones constantes al pop global han sabido dar espacio a sus reivindicaciones políticas y sociales.

El borrado del mainstream

Esto en principio nos podría hablar de un horizonte cultural posfolcórico y cosmopolita donde la música no remite a un territorio concreto, pero  las identidades son plurales, descentradas y diversas. Y así es a todas luces. Sin embargo, en el paso del pop al mainstream se suele producir un fenómeno de homogeneización ideológica, cultural e identitaria. Por mainstream aquí entiendo aquella música no solo de alcance masivo, sino mayoritario. Sería la música más publicitada, difundida y por ende escuchada en un momento dado. Gayraud dice al respecto:

[…] el mainstream que produce la comunidad de oyentes lo más amplia posible aparenta una forma de universalidad. Ahora bien, en vez de superar las particularidades […] las hace desaparecer en una suerte de pax romana  donde la objeción de las particularidades a lo universal no ha sobrevivido (p. 252, Ibíd.).

Y esta pax romana universal del mainstream a día de hoy, a pesar de la descentralización del pop, sigue siendo una pax gringa. No tanto porque imite todos los patrones musicales del pop estadounidense. Más bien porque ese borrado de las particularidades culturales siempre irá en beneficio de la cultura más fuerte, en este caso la estadounidense y por extensión la occidental.

BTS: Made in Korea, pero no mucho

Un ejemplo de esto es la boyband coreana BTS. A pesar de ser un icono de su país, lo cierto es que su éxito es indisociable de su recurrente uso del inglés en sus canciones. Y más aún, en un nivel más profundo, esta banda es famosa por sus múltiples referencias a la alta cultura en sus canciones. Sin embargo, en todos los análisis de dichas referencias que he visto la práctica totalidad de las mismas (el psicoanálisis, la Divina comedia…) pertenecen a la cultura occidental. La única excepción son sus menciones al Tao y el Yin y el Yang, uno de los pocos elementos de la sabiduría oriental realmente reconocibles en Occidente. Como si otras posibles referencias a su cultura no pudieran ser entendidas ni consideradas profundas fuera de Corea.

Conclusión

Concluyendo, vemos cómo el pop se mueve entre la diversificación por un lado y la homogeneización de las identidades locales en su paso al mainstream. A corto plazo no parece que esta dinámica pueda cambiar. Hay razones políticas de fondo demasiado sólidas para ello. No obstante, mientras la música pop siga haciendo honor a su nombre la diversidad formará parte de ella. Si depende del propio pop el darle más peso esta y a la pluralidad regional o caer en el borrado del mainstream será tema de futuros artículos.

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