Alba Blanco

Dicen que el dolor deja de empujarnos hacia abajo cuando conseguimos convertirlo en otra cosa. Cuando logramos pasar página (con o sin él) y además habernos reinventado en algo diferente.

Esa es una de las capacidades que tiene el arte: transforma en algo bello y eterno el dolor.

Hans Zimmer reconoce haber encontrado ese refugio en la música, desde que era bien pequeño. Mi padre murió cuando yo apenas era un niño, y me refugié de alguna manera en la música, ha sido mi mejor amiga, reconoce.

Y es que lleva aprendiendo música y componiéndola prácticamente desde su primer aliento.

Ganador de premios cinematográficos como los Globos de oro, los BAFTA, los Grammy o los Emmy, Hans Zimmer añade a su lista de trofeos un premio Óscar en el año 1994 por componer la maravillosa e inolvidable banda sonora de El Rey León.

Nominado en numerosas ocasiones a la estatuilla dorada, Zimmer ha dado música (y con ella color) ha películas como Rain man, El príncipe de Egipto, La delgada línea roja, Gladiator, Interstellar, Piratas del Caribe o Dunkerke.

Gracias a su música, el alemán de 61 años, nos ha regalado momentos inolvidables para la historia del cine. Y es que, ¿qué hubiera sido de Piratas del Caribe sin esa reconocible melodía? ¿Qué hubiera sido de Thelma & Louise sin Zimmer? ¿Hubiera sido posible haber concebido Dunkerke sin ese sonido que marcaba el tiempo y que nos introducía de lleno en la atmósfera fría y convulsa?

La música es un componente más del gran engranaje que funciona y que es necesario para que una película funcione. Si algunos de estos elementos que forman el engranaje se caen, toda la película lo hace con ellos.

Zimmer no solo da música, color y vida a los personajes, historias y momentos que nos regala el cine. Hans Zimmer crea una atmósfera mágica y atrapante que nos ayuda a viajar y a transportarnos hacia esos lugares a los que nunca hemos estado. A esos otros que se transforman. A ese momento de la historia en el que nunca estuvimos pero que gracias al cine y a la música, podemos ir. A ser el bueno, pero también a ser el malo. A reír y a llorar. Hasta quedarnos secos.

El cine es magia, y Zimmer logra sacar de su chistera el ingrediente necesario para que todo funcione. Como solo los magos podrían hacer.