José Antonio Moral | Foto de encabezado: Ralf Lotys

El legendario grupo dio una lección magistral de shoegaze ante una abarrotada Joy Eslava en Madrid

“Como decíamos ayer…” Así comenzó Fray Luis de León al volver a impartir clase tras cinco años de arresto inquisitorio, como si nada hubiese ocurrido, y así podrían haber comenzado Slowdive su concierto del pasado 7 de marzo en la Joy Eslava de Madrid.

La emblemática sala de espectáculos de Madrid no podía ofrecer mejor escenario para la noche que se presentaba. Una decisión acertada (y controvertida) por parte de Sound Isidro, el ciclo de conciertos encargado de traer a la agrupación proveniente de Reino Unido, ya que mucha fue la gente que quedó esperando a poder disfrutar del espectáculo, debido al limitado aforo; no obstante, los asistentes al evento agradecemos el compromiso de la organización con el lugar escogido, ya que tanto por acústica como por estética, hizo que el conjunto destacase (aún) más. De hecho, resulta curioso comprobar cómo los propios miembros de Slowdive, en su cuenta oficial de Instagram, subieron algunas fotos de la Joy, seguramente gratamente sorprendidos ante el sitio en el que actuarían aquella noche.

Los altavoces comenzaban a rugir a eso de las 8 y media, de mano del grupo acompañante durante la gira de Slowdive en estos meses de febrero y marzo: Dead Sea, una agrupación musical proveniente de París y que desplegaron su chillwave de forma apabullante: sintetizadores contundentes, melodías alegres y la delicada voz de su cantante, cuya presencia y timbre bien podría recordar, en ocasiones, a Ruth Radelet, de Chromatics.

Slowdive hicieron, entonces, acto de presencia: tras los trágicos sucesos ocurridos en el pasado MadCool Festival, que los llevaron a cancelar su concierto en el mismo, Madrid ansiaba verles, por fin, en escena. Y en escena aparecieron. Aplausos, ovaciones y reconocimiento para unos artistas que, per se, contaban con todo el respeto y admiración del público, como leyenda viva que son y como maestros indiscutibles del shoegaze. El show comenzó con “Slomo“, canción que abre su nuevo y autotitulado disco, y que serviría como primer detonante de cientos de cabezas moviéndose y acompañado, hechizadas, al conjuro que Slowdive proyectaba hacia ellas: guitarras que parecían flotar en el ambiente, líneas de bajo y batería siempre presentes y, cómo no, las voces de Rachel y Neil, dando el toque único que caracteriza al sonido de la banda.

Seguidamente, sonaron los primeros acordes de “Slowdive”, la canción de su EP con el mismo nombre, que tomaron del single de Siouxsie and the Banshees. El grupo, con la presencia tranquila y calmada que los caracteriza, demostró cómo podían enlazar dos canciones compuestas con más de 25 años de diferencia con perfecta maestría, manteniendo su sonido característico a la vez que mostrando su evolución. Resultaba curioso ver cómo, canción tras canción, los cambios de instrumento se sucedían sin cesar, llamando especialmente la atención el flamenco rosa que Rachel tenía sobre uno de los teclados y que, tras varias elucubraciones del público, resultó ser un soporte para su maraca.

Canciones de todos sus álbumes se fueron sucediendo, desde las inconfundibles “Alison” y “Catch the Breeze” a las nuevas “Sugar for the Pill” y “Star Roving” o las emotivas “When the Sun Hits” o “Golden Hair”, cover de la canción compuesta por Syd Barrett, miembro de la formación original de Pink Floyd y uno de los grandes visionarios de la música experimental, psicodélica y contemporánea, al que Slowdive rindieron un más que merecido homenaje.

A nivel personal, destacaría dos hechos curiosos: por una parte, los decorados y proyecciones utilizados durante la actuación, que a veces empleaban imágenes tomadas en directo de la banda, filtradas y tratadas de forma caleidoscópica y combinadas con colores y formas de lo más dispares (y que, para más de uno, resultaron excesivamente “horteras).

El otro elemento que definió gran parte de la actuación fue la serenidad que mantuvieron los miembros de la banda en todo momento: tranquilos, ejecutando su música con total maestría, totalmente concentrados (no era raro verles con los ojos cerrados) pero sonriendo y disfrutando de la interpretación y del público, que los acogió con toda la calidez y fervor que se esperaba, ganándose hasta tres canciones de bis. Todo ello hizo que fuese la del pasado miércoles una noche de ensueño, culminación de las expectativas de muchos fans que deseaban (y temían que nunca pudiesen) verles actuar y que, lejos de cerrar una etapa abierta hace tres décadas, abre un horizonte hacia futura experimentación y reinvención de la escena contemporánea, de la mano de uno de los grupos más relevantes de la historia de la música.