Es el momento de plantearse una ecología de la red para enfrentarnos a internet desde dentro de nuestras sociedades y nuestro mundo

Pavlo Verde

Conectados

En España pasamos de media unas cinco horas en internet y una hora y treintaiocho minutos en las redes sociales. Esto quiere decir que más de la cuarta parte de nuestro día la destinamos a estar conectados a la red. Si a eso le sumamos el tiempo dedicado al trabajo y el consumo, ¿cuándo nos comprometemos? Podría parecer que no hay relación entre ecología y la red.

Liberalismo existencial

El grupo de pensamiento Tiqqun aseguraba en 2003 que vivimos en un “liberalismo existencial” que ha creado un desierto vital. No podemos escapar de las lógicas impuestas del capitalismo tardío y optamos por vivir “como si no estuviéramos en el mundo”. Como si lo que en él ocurriese no fuera con nosotros. Casi veinte años después podríamos decir que esto se debe en gran parte a la red. Pasamos tanto tiempo en ella que neutraliza nuestra capacidad de responder ante los desafíos y desgracias del mundo real. Parecería que internet es una jaula y nosotros, sus ratones.

Alternativas

Ante este hecho hay dos opciones. Una es despreciar el espacio virtual: usarlo poco o nada, con desgana y afirmando que todo lo que allí pasa carece de valor. Esta alternativa, a mi juicio, es elitista, pero además inviable. Así como vivimos en un planeta en el que la huella humana está por todas partes (antropoceno), formamos parte de una humanidad en la que la sombra de la red es alargada. Si alguien quisiera renunciar a los vicios del mundo digital tendría que apartarse de la propia sociedad.

La otra opción es aplicarse el consejo de Vito Corleone: “Ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”. Evidentemente internet no es el paraíso que predican algunos. Tampoco un vertedero. Más allá de nuestros gustos y opiniones, es indudable que se trata de un fenómeno importante y decisivo. Por ello, en vez de ignorarlo, deberíamos interesarnos por él, investigarlo, y ayudar a construirlo desde perspectivas diferentes.

¿Ecología de la red?

En los años setenta la célebre filósofa Susan Sontag escribía sobre la fotografía: “Si acaso hay un mejor modo de incluir el mundo de las imágenes en el mundo real, se requerirá de una ecología de las cosas reales sino también de las imágenes”. Tal vez hoy podríamos decir algo similar de internet (y las redes sociales). Deberíamos aspirar a una ecología de la red.

¿A qué me refiero con esto? No a que tratemos las páginas web como tratamos a los animales no humanos. Tampoco a que reciclemos los vídeos de YouTube. La ecología nació para recordarnos que los seres humanos pertenecemos a los ecosistemas, que ellos nos condicionan y que nosotros los podemos condicionar. Nos insiste en que la naturaleza no es independiente de la cultura y la sociedad, en que las relaciones entre estas son un problema filosófico y político.

El mundo no se acaba cuando internet empieza

Una ecología de la red debería aspirar a lo mismo: a recordarnos que internet es otro ecosistema, no una esfera independiente ni autosuficiente, que hay una relación bilateral entre la dimensión física y él y que pertenece al mundo, aunque sea a su manera. Esta ecología de la red debería preocuparnos por internet, porque es un problema, como la desigualdad o el medioambiente, no un oasis ni un retrete.

Por eso, no hay que dejar de navegar por internet ni de entrar en las redes sociales. Hay que hacerlo críticamente, como si estuviéramos en el mundo. No es cuestión de privar a nadie de entretenerse en Tic Toc, de seguir a influencers o de ver gameplays en YouTube, sino de entender cuánto hay de real en ello y de que la filosofía, la política o cualquier otra disciplina no se olviden de ello.