Javi Morán encabeza un reparto impecable en un montaje que convierte el dolor infantil en una lección de empatía

Convertir un fenómeno editorial en lenguaje teatral siempre entraña riesgos. Sin embargo, la adaptación escénica de Invisible, dirigida por José Luis Arellano García sobre el éxito de Eloy Moreno y con libreto de Josep Maria Miró, esquiva la trampa del panfleto para instalarse en un terreno puramente emocional. La propuesta apela a una pregunta universal que sacude al espectador desde el inicio. uién no ha querido desvanecerse en algún momento y quién ha sentido el pavor de lograrlo.
La función adopta la mirada fragmentada de un niño hospitalizado que busca refugio en una fantasía de superhéroes para procesar un dolor inasumible. A través de una puesta en escena limpia, apoyada en el diseño de iluminación de Jesús Díaz y la atmósfera sonora de Alberto Granados, la obra huye del drama efectista. La escenografía, austera y cargada de simbolismo, cede todo el protagonismo al cuerpo y a la palabra de los intérpretes, recreando pasillos escolares, aulas y silencios familiares que sofocan.

Javi Morán demuestra una madurez escénica desbordante
El peso de sostener este viaje emocional recae de forma rotunda en un elenco joven que demuestra una madurez escénica desbordante. Al frente se sitúa Javi Morán en el papel protagonista, encarnando al niño que desea volverse invisible. Morán realiza un trabajo encomiable. Su interpretación huye del artificio para transmitir con absoluta vulnerabilidad la angustia, el desconcierto y el aislamiento de quien sufre en silencio. A través de gestos precisos y una entrega física constante, el actor logra que el patio de butacas sienta de cerca el vértigo de esa infancia rota.
A su alrededor, el resto del reparto formado por Marcos Pérez, Juan Acedo e Iballa Rodríguez, junto con la cuidada colaboración especial de Mabel del Pozo, construyen un entramado coral impecable. Cada uno aporta matices clave a la historia. Acedo y Rodríguez sostienen la complicidad y la culpa de los amigos cercanos (Zaro y Kiri), mientras que Pérez encarna con contundencia la violencia del agresor (MM), y Mabel del Pozo aporta la contención necesaria en el papel de la profesora. Juntos tejen la red de complicidades, miedos y cobardías que alimenta la tragedia.
Ese es el verdadero centro neurálgico del montaje
La mirada de Arellano no se queda únicamente en el choque superficial entre víctima y verdugo, sino que pone el foco en los testigos mudos. Los compañeros que prefieren no significarse, los docentes desbordados incapaces de ver las señales y unas familias que no hallan las herramientas para comunicar. La indiferencia ajena queda expuesta como el aliado más temible del sufrimiento infantil.

El libreto de Miró utiliza una estructura casi confesional donde los testimonios se cruzan para armar el rompecabezas del trauma sin dar tregua al espectador. El montaje combina con destreza el realismo del entorno escolar con esos pasajes poéticos donde el niño busca comprender su supuesta habilidad extraordinaria. Invisible se consagra así como una experiencia necesaria y profundamente humana. Un recordatorio sobre el escenario de que mirar hacia otro lado ante el dolor ajeno nos convierte de inmediato en parte del problema.
No te pierdas Invisible en el Teatro Alcázar de Madrid. Todos los sábados y domingos del 10 al 24 de octubre.






























