Los stickers han alcanzado su gran popularidad debido a su eficacia a la hora de captar la forma de comunicarnos y relacionarnos de nuestro presente.

Pavlo Verde

La revolución del sticker

Los stickers (adhesivos o pegatinas en español) han sido una constante en la mensajería instantánea desde que hace años Line los implementase. Una tras otra, las principales aplicaciones del sector se han ido subiendo al carro hasta que a finales de 2018 What’s App, la más extendida y hegemónica en muchos países, la incorporó entre sus ítems. Desde entonces ha vivido una auténtica eclosión y su impacto en nuestra manera de comunicarnos es innegable. Son numerosas las virtudes de los stickers. Vayamos por partes.

Horizontalidad y versatilidad

Al contrario que los emojis, que vienen dados de antemano, no se pueden alterar y cuya renovación depende de las propias compañías, cualquiera puede crear los stickers que desee. Sin embargo, esta característica la comparten con los gifts, que nunca han alcanzado tanta popularidad (siendo aun así muy populares). ¿Qué diferencia a los primeros? Su carácter maleable hasta el extremo. Hacer un gift requiere movimiento y las situaciones que son susceptibles de transformarse en uno son relativamente escasas.

Esto no ocurre, en cambio, en la imagen estática de los primeros. (Mientras escribía este artículo he descubierto que también hay stickers móviles, aunque en principio no alteran su estructura básica). De esta forma, todo puede transformarse en un sticker. Desde elementos de la cultura popular y personajes mediáticos hasta figuras políticas e instantáneas graciosas, pasando por humor y gags de todo tipo. Casi cualquier situación imaginable, en definitiva. Pero no solo eso. Los stickers nos permiten convertirnos en protagonistas o, como mínimo, en copartícipes de este microcosmos. Nos sitúan al mismo nivel de grandes estrellas y memes icónicos y nos hacen formar parte del espectáculo de manera sutil pero notable.

Expresividad

A esto hay que añadir la facilidad con la que nos permiten expresarnos. Siempre habrá un sticker para ofrecer la respuesta adecuada. Más aún, muchos stickers funcionan casi a modo de comodín y encajan en cualquier conversación. Por todo ello, son un recurso inestimable a la hora de comunicarnos en un registro informal o humorístico. ¿Cómo lo consiguen exactamente? Un factor clave es su combinación de imagen y palabra de manera simbiótica. Si los stickers fueran simples imágenes o textos no tendrían sentido, ya que otros ítems previos cumplirían igual de bien su función. Ahora bien, los memes clásicos siempre han mezclado imagen y palabra. En ese aspecto no se diferencian en absoluto unos y otros. Sin embargo, a juzgar por su uso, no son equivalentes.

Los stickers frente a los memes

¿Qué los diferencia pues de los memes fotográficos tradicionales? Responder a esto me requerirá entrar en una suerte de “filosofía ficción”, dado que no he realizado ningún estudio sociológico o psicológico al respecto (por ahora). Hablaré desde la especulación y mi experiencia.

Creo que lo distintivo de los stickers es su naturaleza preeminentemente oral, entendiendo que la mensajería instantánea es una suerte de “oralidad escrita”, más que un formato escrito como tal. Se encuentran en los teclados, no en la galería de fotos, archivos o vídeos. A escala semántica, funcionan más como canjis japoneses que como dibujos o imágenes al uso. Esto hace que su intención sea ante todo conversacional, no meramente humorística, como suele ocurrir con los memes.

Se valen de la imagen, el texto o la combinación de ambos para completar chats. Por supuesto que su tendencia es humorística, pero solo incidentalmente. Podrían no ser graciosos y de hecho en ocasiones no lo son. La clave estriba en que, teniendo un sticker apropiado, enviar un simple mensaje escrito, una foto hecha ad hoc o incluso un meme que conjunte estos dos elementos se vuelve innecesario, casi extraño a estas alturas.

¿Espiritualidad?

Me aventuraría a afirmar para concluir que hay algo de espiritual en los stickers. Toda época tiene su espiritualidad y la nuestra no es la excepción. El culto a la imagen, el mundo digital y la centralidad del yo se erigen como fuentes de sacralidad en nuestros días. Los stickers captan esta realidad y le permiten desarrollarse con creatividad y un tono irónico igualmente actual. La comunicación resultante del uso de stickers se asemeja parcialmente (salvando las distancia) a aquella que propiciaban las vidrieras durante el período gótico.

Se nos ha dicho en innumerables ocasiones cómo dichas vidrieras cumplían un papel informativo en una época de alto analfabetismo. No obstante, su función iba más allá. La Plena Edad Media fue un periodo de renovación religiosa. La fe alcanzó altas cotas de intimismo y el culto se humanizó, como demuestra el nuevo tratamiento que recibieron figuras como la Virgen María, el Niño Jesús o diversos santos.

Aquellas vidrieras funcionaban no solo como tablones informativos, sino que catalizaban una nueva forma de relacionarse con lo divino mucho más cercana que requería de renovadas herramientas comunicativas. Su misión era, al menos parcialmente, completar los cauces de expresión espiritual de quienes vivieron en aquellos días.

Nuestra espiritualidad hoy es mucho más terrenal y tiende a pasarnos desapercibida, pero está presente e influye en nuestro modo de vivir y relacionarlos. Los stickers apuntan de forma certera hacia ella y tal vez por eso su éxito haya sido tan remarcable. Saben quiénes son nuestros dioses, cuáles son nuestros credos y qué papel queremos tener entre medias de unos y otros. Y nos permiten desempeñarlo de manera certera.

Después de este análisis (y estas especulaciones) una cosa está clara: los stickers han venido para quedarse y, como todo en el mundo de la cultura popular, reflejan mucho más de lo que aparentan. Si un historiador quisiera conocer nuestras sociedades, creencias y contradicciones, no podría volerles la espalda a los stickers y todo lo que los rodea.