Body horror y drama familiar se unen en la última película de Julia Ducournau

Desde que sorprendió con Crudo y se convirtió en la segunda mujer en ganar la Palma de Oro con Titane. Julia Ducournau se ha consolidado como una de las voces más particulares del cine contemporáneo. Su forma de entender el body horror nunca ha estado ligada únicamente a la provocación o al impacto visual. Siempre ha utilizado la transformación física como una herramienta para hablar sobre identidad, deseo, familia o dolor. Con Alpha, la directora francesa vuelve a ese territorio conocido, aunque esta vez lo hace desde una perspectiva mucho más íntima y emocional.
La película sigue a Alpha, una adolescente de 13 años. Su vida cambia radicalmente después de regresar a casa con un tatuaje realizado durante una fiesta. En paralelo, una misteriosa enfermedad transmitida por la sangre comienza a expandirse. Esto provoca que quienes la padecen sufran una extraña transformación física que convierte progresivamente sus cuerpos en una especie de mármol viviente. La situación despierta el temor de su madre, una médica interpretada por Golshifteh Farahani. Mientras Amin, el tío de Alpha encarnado por Tahar Rahim, lucha contra sus propios demonios relacionados con la adicción y la enfermedad.
Estamos ante una propuesta diferente a sus trabajos anteriores
El horror físico sigue presente. Aunque pierde protagonismo frente a un relato mucho más centrado en los vínculos familiares y en las heridas emocionales que dejan determinadas crisis colectivas. La enfermedad que atraviesa la película funciona como una metáfora evidente de la epidemia del VIH/sida durante los años ochenta y noventa, explorando no solo el miedo al contagio, sino también la estigmatización social que acompañó a quienes convivían con el virus
Uno de los aspectos más interesantes de Alpha es cómo aborda la incertidumbre desde el punto de vista adolescente. La protagonista se encuentra en un momento de transformación física y emocional propio de la edad, mientras el mundo a su alrededor parece desmoronarse bajo el peso del miedo y la desinformación. La película establece así un paralelismo entre el proceso de crecimiento y la vulnerabilidad que generan las crisis sanitarias, especialmente cuando estas vienen acompañadas de prejuicios y rechazo social.

Visualmente, Ducournau continúa demostrando una enorme capacidad para construir imágenes poderosas. La decisión de representar a las personas enfermas mediante cuerpos que adquieren una apariencia marmórea genera algunas de las secuencias más llamativas de la película. Sin recurrir constantemente al exceso gore que caracterizaba algunos de sus trabaos anteriores, la directora mantiene intacta su fascinación por los cuerpos como espacios donde se manifiestan los conflictos internos y sociales. La fotografía de Ruben Impens contribuye a reforzar esa sensación de fragilidad permanente. Alterna momentos de gran intimidad con escenas marcadas por una atmósfera casi onírica.
Sin embargo, Alpha también es probablemente la película más divisiva de la directora hasta la fecha. Parte de la crítica ha destacado la honestidad emocional con la que aborda cuestiones relacionadas con la pérdida, el miedo y el trauma colectivo, mientras que otras voces consideran que el simbolismo termina imponiéndose sobre la claridad narrativa. En ocasiones, la película parece más interesada en transmitir sensaciones que en ofrecer respuestas concretas, algo que puede resultar tan fascinante como frustrante dependiendo de las expectativas del espectador.
Resulta difícil negar la ambición del proyecto
Lejos de repetir fórmulas que ya le funcionaron anteriormente, Ducournau opta por explorar nuevos registros sin abandonar por completo las inquietudes temáticas que han definido su filmografía. La relación entre Alpha, su madre y su tío se convierte en el verdadero núcleo emocional de una historia que habla constantemente sobre el cuidado, la culpa y la dificultad de afrontar aquello que escapa a nuestro control.

También llama la atención la manera en que la película conecta diferentes formas de aislamiento. El miedo a la enfermedad no solo afecta a quienes la padecen, sino también a quienes les rodean. La desconfianza, el rechazo y la necesidad de encontrar culpables aparecen reflejados en distintos momentos del relato, recordando que las crisis sanitarias suelen ir acompañadas de respuestas sociales complejas que trascienden el ámbito estrictamente médico.
Puede que Alpha no posea la contundencia inmediata de Crudo ni la capacidad de desconcierto de Titane, pero eso no significa que sea una obra menor dentro de la trayectoria de Julia Ducournau. Más contenida en algunos aspectos y más melancólica en otros. La película demuestra el interés de la directora por seguir utilizando el cine de género como vehículo para explorar cuestiones profundamente humanas.
Sigue siendo una propuesta con personalidad propia
Al final, la Alpha habla sobre el miedo a perder a quienes queremos, sobre las cicatrices que dejan determinadas épocas. Sobre cómo el dolor colectivo termina formando parte de la memoria individual. Puede que algunas de sus decisiones narrativas generen división, pero incluso en sus momentos más irregulares sigue siendo una propuesta con personalidad propia, firmada por una cineasta que continúa buscando nuevas formas de abordar aquello que nos hace vulnerables.
Y quizá ahí resida precisamente su mayor acierto. Bajo su apariencia de body horror y sus imágenes perturbadoras, Alpha termina funcionando como una historia sobre el afecto y la necesidad de cuidar a los demás cuando el miedo amenaza con convertirlo todo en distancia.






























