Buffet Infinity: la pesadilla analógica que devora las reglas del cine comercial

El debut de Simon Glassman convierte la televisión local en pesadilla

Buffet

En un panorama donde tantas películas independientes parecen cortadas por el mismo patrón de producción, encontrar una obra que rompa deliberadamente las normas del relato tradicional resulta reconfortante. Buffet Infinity, el debut en el largometraje del canadiense Simon Glassman, es precisamente uno de esos raros experimentos que no temen incomodar. Con una narrativa construida de manera exclusiva a través de anuncios de televisión de bajo presupuesto, la cinta plantea una sátira feroz sobre el consumismo voraz que se mueve con soltura entre la comedia absurda y el terror cósmico.

La premisa arranca en el ficticio condado de Westridge (Alberta), un rincón aparentemente tranquilo donde la rutina de los negocios locales se ve sacudida por la llegada de un nuevo restaurante de comida ilimitada: Buffet Infinity. Lo que en principio parece una simple competencia agresiva entre dos locales de hostelería pronto deriva en un fenómeno extraño. A medida que el buffet ofrece precios absurdamente bajos y se expande por el pueblo, la cotidianidad empieza a fracturarse: desapariciones de vecinos y pequeños comercios atrapados en una espiral de competencia destructiva.

Un rompecabezas construido con anuncios de medianoche

La gran peculiaridad de la propuesta de Glassman reside en su estructura formal. No hay una trama convencional articulada mediante escenas dramáticas al uso o diálogos de cara a cara entre los personajes. La historia se reconstruye como si el espectador estuviera haciendo zapping a altas horas de la madrugada en un canal local. Todo lo que sabemos sobre el pueblo proviene de spots publicitarios caseros, pequeños boletines informativos y mensajes interrumpidos que se suceden de forma vertiginosa.

A través de esta sucesión de anuncios encontramos a todo un reparto de personajes variopintos: el dueño de una tienda de empeños que improvisa rimas para promocionar sus artículos, un abogado de con peluca postiza que busca clientes desesperadamente, una vendedora de colchones paralizada ante sus propias dudas existenciales y la dueña de un restaurante de sandwiches donde triunfa su salsa especial.

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El guion, firmado por el propio Glassman junto a Allison Bench y Elisia Snyder, juega con esa estética analógica propia de los años noventa para tejer un rompecabezas. Lo que empieza como una parodia inocente de la televisión pública evoluciona poco a poco hacia algo mucho más oscuro. Las frases optimistas de los anuncios empiezan a repetirse de forma extraña, los mensajes publicitarios esconden advertencias inquietantes en pantallas rojas y la presencia del propio restaurante acaba funcionando como una entidad viva que absorbe todo lo que encuentra a su paso.

Sátira del capitalismo salvaje y terror sutil

Más allá de su empaque visual y de su evidente tono de comedia dadaísta —muy en la línea de las producciones de Adult Swim —, Buffet Infinity encierra una lectura clara sobre el capitalismo tardío y el fin del pequeño comercio. El restaurante del título funciona como una metáfora bastante transparente de las grandes corporaciones multiservicio: una entidad insaciable que reduce precios hasta arruinar a la competencia local, borrando la identidad de las pequeñas comunidades a cambio de una ilusión de abundancia ilimitada.

En ese sentido, la película acierta al combinar el humor absurdo con una constante sensación de inquietud. Sin recurrir a los sustos fáciles del cine de terror comercial, Glassman logra que el espectador sienta una incomodidad paulatina. El diseño de sonido —con mezclas saturadas y cadencias de voz desajustadas— junto con la repetición de los spots consiguen generar esa atmósfera hipnótica propia del insomnio frente al televisor.

No obstante, la película no está exenta de ciertos altibajos en su tramo final. En sus cien minutos de duración, la apuesta por el formato publicitario ininterrumpido puede resultar agotadora para parte del público, especialmente cuando la narrativa intenta apretar las tuercas hacia el terreno del terror más explícito y rompe levemente el tono cómico sin terminar de abrazar del todo la vía del horror puro.

Un debut arriesgado que exige complicidad

Pese a esas pequeñas fricciones de ritmo, el valor de Buffet Infinity radica en su capacidad para ofrecer algo genuinamente distinto. Tras pasar por certámenes de género como el Festival de Fantasia o el Brooklyn Horror Film Festival —donde obtuvo el premio a Mejor Montaje por su complejo trabajo de edición—, la película de Simon Glassman se confirma como un ejercicio de libertad creativa de primer orden.

No es una propuesta para todo tipo de espectador ni pretende serlo. Quienes busquen un arco argumental tradicional con resoluciones masticadas encontrarán en esta cinta una experiencia desconcertante. Sin embargo, para quienes disfruten del cine de guerrilla, la comedia surrealista y las ideas que se salen del carril marcado, la película supone un festín analógico que merece la pena degustar.

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