El Orgullo ha sido copado por multinacionales que quieren dar una imagen LGTBIfriendly. Deberíamos pensar en cómo afecta el capitalismo rosa a la lucha

Pavlo Verde

Orgullo LGTBI a la venta

Este año el Orgullo se ha visto privado de grandes despliegues, desfiles o carrozas. Solo se han llevado a cabo algunos actos puntuales una vez más liderados por distintas empresas en una especie de suma al capitalismo rosa. Frente a estos encontramos la celebración del Orgullo Crítico con sus reivindicaciones abiertamente políticas y escépticas ante esta fiebre arcoíris de algunas empresas. El año pasado circulaba por estas fechas la siguiente pregunta: ¿Te imaginas un 8 de marzo organizado por Ausonia y Támpax?.

Por extraña que parezca esta pregunta, así sucede desde hace años con la organización del Orgullo LGTBI. En Barcelona la celebración corre a cargo de la Asociación Catalana de Empresas LGTBI. En el resto de España y del mundo es habitual ver cómo grandes corporaciones abrazan la defensa de los derechos LGTBI al menos por un día, engalanándose con las banderas del colectivo y tuiteando en tono reivindicativo. Lo mismo se puede decir de partidos políticos, que no dudan en apuntarse un tanto y volcarse con la comunidad a medida que se acerca el 28 de junio.

En mi último artículo hablé de cómo en Cuba se ha desarrollado una suerte de socialismo rosa. Un apoyo institucional que defiende a las personas LGTBI, pero siempre desde dentro y desde arriba y con una óptica todavía muy normativa. El capitalismo no se ha quedado atrás y ha sofisticado estas mismas prácticas para satisfacer sus intereses propios. A este fenómeno que ya acapara gran parte de la cultura LGTBI se lo ha denominado capitalismo rosa. El hecho de que partidos, empresas e incluso gobiernos apoyen la lucha del colectivo no es en sí mismo una mala noticia. Más bien al contrario. El problema viene cuando este apoyo externo entorpece los pasos del movimiento. Son tres al menos los problemas de esta tendencia: pinkwashing, mercantilización y despolitización de la lucha y estratificación y normativización interna.

Pinkwashing

El pinkwashing (lavado rosa en inglés) es la estrategia por la cual organizaciones políticas o empresas camuflan sus faltas tanto en materia del colectivo como en temas externos ofreciendo una imagen “LGTBI friendly” en momentos estratégicos. Francis Reina es contundente: “La bandera LGTBI es para algunos el trozo de tela con el que camuflar sus comportamientos inmorales”. Una compañía puede permitir actos homófobos, explotar a sus trabajadores o invertir en minas de coltan congoleñas, financiando así los conflictos de este país. ¿Solución? Una línea LGTBI exclusiva, una carroza el día del Orgullo o una política laboral de apoyo al colectivo. Todos los atropellos de las multinacionales pueden hacerse invisibles delante del arcoíris.

Partidos políticos de extrema derecha como la AfD en Alemania incorporan puntualmente caras visibles LGTBI para aparecer con un rostro más humano. Ahí está, por ejemplo, su líder en el Bundestag, Alice Weidel: lesbiana, sí, e islamófoba y contraria a la educación sexual en la escuela. También juegan esta baza gobiernos como el de Israel, famoso por su política represiva hacia el pueblo palestino. Su diplomacia vende el país como un oasis de libertad sexual en Medio Oriente. “De este modo”, dice Clara Mallo, “se trata de pasar por alto, e incluso de algún modo justificar, la masacre continuada hacia el pueblo de Palestina”. Sea la institución que sea, ninguna pierde la oportunidad de maquillarse cuando conviene en un intento de ocultar los muchos motivos para criticarlas.

Mercantilización y despolitización de la lucha

¿A qué me refiero con esto? Tiene que ver con la progresiva conversión de los símbolos, protagonistas, lugares, problemas y demandas del colectivo en un objeto de consumo, lo que denominamos capitalismo rosa. Si conviertes al Che Guevara en una camiseta dejará de ser un guerrillero marxista para convertirse en un producto. Si pones la bandera del arcoíris en pulseras, sombreros, salvapantallas, chupachups y un largo etcétera el perro ladrará mucho, pero no morderá nada. Este proceso de invasión de los mercados ya fue señalado por Marcuse en los lejanos años 60: cuando se comercializan los símbolos anti stablishment “ya no son imágenes de otra forma de vida, sino más bien rarezas o tipos de la misma vida, que sirven como afirmación antes que como negación del orden establecido” (Marcuse, El hombre unidimensional, cap. 3).

Esto lleva a una progresiva despolitización. La necesidad de tomarse las reivindicaciones como un asunto político y económico decae cuando estas son absorbidas por el mercado, con sus supuestamente impersonales oferta y demanda. Al asociar LGTBI a marcas y convertirlo en una cuestión individual de consumidores/as, olvidamos que, en palabras de Nuria Alabao: “Estos movimientos, desde su origen y hasta hoy, también en nuestro país, no solo hablan de sexo, identidad, género y prácticas sexuales, sino también de pobreza, diversidad funcional, o de salud, de inmigración, fronteras, consumo…”. Por último, cuando los símbolos y las reclamaciones no las controla el propio movimiento, sino organismos ajenos, en este caso empresas, la lucha no llegará hasta donde las personas LGTBI queramos, sino hasta donde nos dejen llegar.

Estratificación y normativización interna

Una vez que el colectivo entra de lleno en el mercado, lo absorbe la lógica del supermercado. No se puede vender algo que no esté organizado, dividido por baldas. Por ello, es imprescindible clasificar a las personas LGTBI en (estereo)tipos. Cada uno será un target, un nicho de mercado que podrá explotarse según corresponda.

Estratificar es sinónimo de homogeneizar. Esto conlleva que el colectivo LGTBI, que existe para dar cabida a formas infinitas de expresión que no se adaptan a la norma, sucumbe a su propia normatividad interna. En el capitalismo rosa hay maneras adecuadas de ser gay, lesbiana, trans… Quienes no encajan en estos moldes, por muchos progresos de papel que haya, seguirán sintiendo la exclusión, esta vez desde dentro del colectivo. No es raro oír a gente decir: “Si quieren ser aceptados, que no llamen tanto la atención”. Pero la lucha LGTBI va, entre otras muchas cosas, de ser aceptades a pesar de llamar la atención. (Valga decir, además, que si algo “llama la atención” es porque hay un poder jerárquico que determina qué pasa desapercibido y qué resulta “llamativo”). Termino con el youtuber (gay) Quetzal, que expresa todo esto mejor que yo:

“Durante años me sentí alienado y solo. Un cuerpo de usar y tirar en el centrifugado constante del ambiente, que me expelía fuera y malfollado. Existía una cultura gay presuntamente diseñada para mí donde siempre me sentí como un alienígena, porque al aceptarnos y asimilarnos a la economía de mercado nos exigen ser mercancía. Nos imponen unas normas e ideales y descendemos por las entrañas de la máquina hasta diluir nuestra identidad sexual y amor propio en el código virulento del marketing rosa. Lo que empezó como una contracultura se ha convertido en una microsociedad poco menos opresiva que aquella que queremos combatir”.

¿Qué podemos esperar?

Dicho esto, el Orgullo, con sus marcas y su marketing, todavía puede servir para concienciar a las personas más alejadas e incluso contrarias al colectivo. En el fondo no deja de ser un logro estratégico que empresas e instituciones tradicionalmente LGBTBIfobas ahora se tiñan con los colores de la lucha. Sin embargo, es un logro envenenado que pone en peligro no solo las reivindicaciones, sino el carácter diverso y contestatario del movimiento.

No hay que linchar ni perseguir a nadie por hipócritas que sean sus intenciones. Pero tampoco hay que bajar la guardia y dejarse arrastrar por una marea de logotipos coloridos mas vacíos de contenido que solo hacen que olvidemos de dónde venimos, qué somos y que la pregunta: ¿a dónde vamos? solo la podemos responder nosotrxs mismxs.