Disney está avanzando en su representación del colectivo LGTBI, pero su compromiso sigue siendo cuestionable

Pavlo Verde

La noticia de que la última película de Disney-Pixar, Onward, incluirá al primer personaje abiertamente LGTBI de la historia de la compañía ha generado cierto revuelo. El personaje en cuestión se llama Specter y es una troll de un solo ojo que trabaja como policía. La revelación llega cuando en un momento del filme habla de la “hija de su novia”. Mi compañera Mireya Santiago ya ha hablado de ello en un buen artículo. Sin embargo, hoy me gustaría centrarme en la otra cara de la noticia.

No cabe duda de que siempre es una buena noticia normalizar e incluir a este colectivo en la gran pantalla. Ahora bien, ¿hay motivos para celebrar? Y lo que es más importante, ¿debemos darle las gracias a Disney por esto?

En 1965 el escritor y activista por los derechos civiles (y también LGTBI) James Baldwin recordó en un debate unas palabras de Robert Kennedy. El hermano del famoso presidente John Kennedy había dicho que los afroamericanos estaban haciendo grandes progresos en EEUU y que en unos 40 años podría llegar a haber un presidente negro. Baldwin ironizó sobre esta afirmación: los Kennedy eran hijos de un irlandés que había llegado al continente hacía unas pocas décadas. Los afroamericanos llevaban en aquella tierra desde los siglos XVII y XVIII y ahora les aseguraban que -si eran buenos- tendrían que esperar todavía otros 40 años para ver a un presidente de su color de piel. Creo que algo parecido se puede decir de Disney-Pixar y el colectivo LGTBI.

El ratón lleva haciendo pequeños guiños al arcoíris desde hace un tiempo. Lo vimos con el beso lésbico al final de Star Wars IX y parece que han dado un paso más. Ya no son dos extras sin líneas de guión, sino que ahora el personaje homosexual tiene nombre y hasta voz. Casi nada.

Lo cierto es que por muchas flores que se quiera echar Disney hay poco que celebrar. La agente Specter es un personaje muy secundario y sin relevancia en la trama (por no mencionar que ni siquiera es humana). Además, la frase en la que menciona a su novia es anecdótica, olvidable y fácilmente recortable para la censura china.

Más allá de estas limosnas el compromiso histórico de Disney deja que desear. Los villanos de sus películas clásicas son algunos de los mejores ejemplos de queercoding. Este término inglés se refiere a la codificación de los antagonistas de una historia con características y rasgos normalmente asociados a lo queer. De esta forma lo relacionamos indirectamente con lo malvado, lo ilegal o lo enfermizo. Esta técnica nació en los años 30 y estuvo muy generalizada por décadas, daba igual la compañía, pero la lista de Disney es interminable. Scar (El rey león), Hades (Hércules), el gobernador Radcliffe (Pocahontas), Frollo (El jorobado de Notre Dame)… Comparad la fuerza y gallardía de sus respectivos héroes con la mariconez de estos villanos.

Yendo un poco más al presente encontramos el Universo Compartido de Marvel, también propiedad de Disney. A fecha de junio de 2020 se han estrenado 23 películas de esta saga y ninguna de ellas incluye a un solo personaje LGTBI. Las últimas entregas de Star Wars, mal que le pese al fugaz beso lésbico, van por la misma línea. E igual con la esperada salida de armario de Elsa en Frozen II, que se quedó en agua de borrajas. Por no hablar del remake de La bella y la bestia y su “personaje gay”, LeFou, que es un saco de estereotipos homosexuales. Además, lo más atrevido que hace es bailar con otro hombre. Pura lujuria.

No es solo que lo hagan mal o que directamente no lo hagan, es que además llegan tarde, muy tarde. La representación LGTBI en el séptimo arte se remonta a ¡1916! Llevamos viendo personajes del colectivo sinceros y complejos desde filmes mudos como Vingarne o Distinto a los demás hasta obras recientes como Carmen y Lola, pasando por la filmografía de Almodóvar, la de André Techiné, Cabaret o Hedwig and the angry inch. Si yo llegase a la universidad o a una cita con el médico con un siglo de retraso no recibiría aplausos precisamente. Vuelvo a James Baldwin. Las personas LGTBI llevamos en el cine (y en el mundo) desde sus comienzos, como los afroamericanos en EEUU. Lo que Disney nos dice es que si somos pacientes y nos portamos bien, pronto nos harán el favor de incluirnos en sus películas más y más. ¿Gracias?

Después de todo esto, reconozco que nunca es tarde si la dicha es buena. Estamos progresando, de eso no hay duda, y me alegra que hasta empresas históricamente tan conservadoras como la del ratón se pongan al día. Ahora bien, yo no cifraría mis esperanzas en Disney y su falta de valentía artística y social. Apostaría mejor por los miles de cineastas más o menos independientes pero siempre honestos que han representado el colectivo en el séptimo arte desde hace un siglo, por poco apoyo que hayan recibido. Apostaría también por no agotar la lucha en las pantallas y seguir reivindicando nuestros derechos en las calles, los barrios, las aulas y los parlamentos.

Aun así, no estaría de más ver una generación que creciese con referentes LGTBI en la gran y pequeña pantalla. No es suficiente, pero es necesario. Con todo, insisto, yo no me fiaría de Disney. Mientras sean lo que son y dependan de las taquillas chinas, rusas o de los estadounidenses más conservadores, poco va a cambiar. Y es que aunque la mona se vista de arcoíris, mona se queda.

Este vídeo de Quetzal comenta en profundidad la relación entre Hollywood y el colectivo.