Solo así, desde la óptica medioambiental, podremos evitar más escenarios como los que estamos viviendo en nuestro planeta

Alba Blanco

En la película Interstellar de Christopher Nolan nuestro planeta Tierra ha dejado de ser habitable. Constantes tormentas de arena, que parecen provenir de un más allá, asolan por ráfagas a estados que, han dejado de invertir en la ciencia para invertir en granjeros, que son los únicos que se encargan de arar el campo para así lograr el bien más escaso y preciado: la comida. Con la situación pandémica del Covid-19 vivimos una situación similar, algo apocalíptica si adquirimos lenguaje dramático, solo que el problema que asola a la humanidad no es la falta de comida, sino un virus que arrasa con todo lo que pilla por su paso.

En este sentido, seguramente sean muchos los ciudadanos los que esperen a un Cooper que salve al mundo de la gran catástrofe. Por desgracia, ninguno de nuestros políticos lo son (aunque por supuesto hay excepciones). Sin embargo, existen pequeños héroes de a pie que nos han demostrado su valentía. Y es que por mucho que algunos se empeñen, estos profesionales de la salud, del ejército, bomberos, policías, limpiadores y cajeros han demostrado ser mucho más que el puesto que ostentan. Ojalá todos estos actos de coraje sean recordados cuando esto acabe.

En estos tiempos turbulentos, son muchos los que especulan hoy sobre el día de mañana. Sobre aquel nuevo mundo que nos espera. Sobre el planeta del futuro. Y si entre tanta incertidumbre, hay algo claro, esto es que el mundo debe cambiar. Pero no a marchas forzadas, sino por decisión propia. Desde hace unas semanas, que comenzó el confinamiento en España, se han podido ver calles de ciudades y pueblos casi vacías. Coches aparcados, menor afluencia en las carreteras, autobuses vacíos, el canto florecido y celestial de unos pájaros que, por fin, parecen sentirse como en casa.

Los humanos habíamos invadido el espacio que creíamos que nos pertenecía en el planeta Tierra. Pero lo cierto es que nunca ha sido solo nuestro por mucho que sea nuestro hogar. El pasado 28 de marzo, el diario El País publicaba datos ofrecidos por la Agencia Espacial Europea (ESA) que mostraban un claro descenso en países como España, Francia o Italia de su dióxido de nitrógeno desde que empezó el confinamiento por el Covid-19.

Recuerdo haber visto la noticia y haberla comentado con mi padre. Este, algo escéptico con la humanidad últimamente, me contestó: “Tenemos lo que nos merecemos”. En ese momento, supe que estaba en lo cierto. Que conste, de antemano, que con esto no quiero decir que los fallecidos, el dolor y la pandemia, se la merezca nadie a nivel individual. No es momento de ser triviales. Pero sin duda hay algo de responsabilidad histórica colectiva en todos nosotros sobre el planeta que tenemos hoy. Y por supuesto, sobre el planeta que tendremos en un mañana.

Es por ello que los planes de reconstrucción, a todos los niveles, que vengan después de esta grave crisis sanitaria, tengan que ir por un camino asfaltado de verde. No podemos retroceder ni dar más pasos atrás hacia la conversión ecológica de nuestras actividades. Empezando por las cotidianas hasta las empresariales a pequeña, mediana y gran escala. Solo así, desde la óptica medioambiental, podremos evitar más escenarios como los que estamos viviendo en nuestro planeta, cuyo origen, según apuntan algunos estudios puede provenir del deterioro progresivo de nuestro medio ambiente.

Según declaró al Washington Post en noviembre del año 2015, Daniel Brooks, investigador en biología evolutiva de la universidad de Nebraska, “cuanto más se calienta el mundo, más agentes infecciosos y sus vectores tropicales y subtropicales se desplazan a las zonas templadas”.

El cambio medioambiental debe producirse. Esto es ya, no solo una evidencia, sino una necesidad de extrema urgencia. Recordando a Cooper, en aquella escena sentado en el porche de su granja, antes de marchar a una misión espacial para salvar a la humanidad: “Este planeta es un tesoro, pero lleva años diciéndonos que lo abandonemos. La humanidad nació en la Tierra, pero su destino no es morir aquí”. Creo que la realidad en este caso supera a la ficción, y esta es que: no hay otro planeta, así que el que tenemos, cuidémoslo, lleva años advirtiéndonos. Hagámoslo antes de que sea demasiado tarde.