El satisfyer no solo ayudó en la intimidad, sino también en lo social. El satisfyer ha roto el tabú de la masturbación

Sara Pardo

El satisfyer, aparato de placer clitoriano, llegó a las vidas de las personas con vagina de una manera estruendosa . Irrumpió en la sexualidad como ningún otro juguete lo había hecho. Fue el clamor de personas de todas las edades y sexos, incluso los que no lo usaban no podían hacer como si no existiese. Algunos sintieron miedo a que ese artefacto les sustituyera. Sin embargo, el poder del satisfyer no fue intrínsecamente por el producto, sino por la esfera que abordaba: la masturbación clitoriana.

El succionador de clitoris lleva un par de años siendo vanagloriado y rezado por muchas personas del todo el globo. Hay quienes lo probaron y vieron que podía ser cómo otro juguete sexual, que en realidad, el fulgor de la innovación no era porque los orgasmos cayesen del cielo, sino porque las mujeres se masturbaban.

Viñeta de Moreso sobre el satisfyer, vía Twitter

La masturbación siempre tabú, silenciada, escondida ha aparecido para ocupar espacio y conversaciones. Primero de manera discreta, “uy, ¿habéis escuchado eso del satifyer?” a ahondar sinceramente “pues a mi me encanta, he pensado en comprar un dildo también”. De un acercamiento sutil a una sinceridad embaucadora. Sí, me masturbo. Y además, tengo sexo con mi pareja. Porque la masturbación no es una sustitución, es un complemento, incluso al revés, la masturbación es el todo y el sexo el añadido.

En España hemos cruzado la barrera del pudor y en el informe sobre autoplacer de Tenga 2020 descubrimos que somos el país que más se masturba de la Unión Europea. Además, el 10% de nosotros compró juguetes sexuales para la cuarentena, en el caso de las mujeres, un 60% los usó. A un 82% les ayudó masturbarse durante el confinamiento para sentirse mejor. Al igual que no tenemos reparos en hablar sobre sexo o masturbación (cuatro de cada cinco personas lo hacen), sí que tenemos problemas en informarnos sobre educación sexual. Según el informe de Tenga, menos de la mitad de los españoles adultos ha recibido educación sexual, y aquellos que sí que la han recibido solo mantienen información de la mitad de lo enseñado.